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sábado, 18 de diciembre de 2010

Madrid


Enclavada en el centro de la península, capital política y económica española, Madrid es una ciudad de paso, pero también una ciudad donde quedarse y eso es lo que la hace particularmente atractiva. Su principal foco de atracción reside en la pluralidad de su sociedad, en Madrid todo el mundo es a la vez un tanto madrileño y un tanto foráneo. Quien no ha vivido hasta su juventud en Asturias, Andalucía, Castilla y León, la Rioja o Extremadura tiene familia, al menos por los padres o los abuelos, fuera de Madrid y algún pretexto para irse de la ciudad en verano y otras ocasiones festivas.

El madrileño tiene fama de chulo: es cierto. Como todo, hay algunos madrileños que responden al estereotipo. Quizás, algunos, si no chulos, pecan de la inocente arrogancia que otorga vivir en la mejor ciudad de España. Pueden permitírselo, más por ignorancia que por prepotencia. En ocasiones les oyes hablar de las deficiencias de otros lugares, pero ¡cómo no se van a quejar! Los que somos de fuera, aun de grandes ciudades, sabemos perfectamente que Madrid tiene una salud pública buena, unos transportes públicos que ya quisieran en el resto de España (y en muchas grandes ciudades del mundo) y, más aún, una oferta cultural al primer nivel de capital europea. El único defecto de Madrid son las “grandes” distancias, que en términos relativos no son tales, y los precios, especialmente de la vivienda, que no es más que la réplica madrileña de un problema nacional de difícil solución.

Pero pasemos a la gente. Madrid es una maqueta a pequeña escala de toda España. Si quieres tener una buena radiografía de ciudades incluso que no conoces, puedes hacerlo porque conocerás de cerca a gente de casi todo el país y ellos te darán una perspectiva mucho más fidedigna que una visita turística tradicional. Toda esa gente trasluce después de todo la idiosincrasia de sus lugares de procedencia. Por lo que respecta a los madrileños, son tremendamente abiertos. A pesar de lo que piensen muchos foráneos, un madrileño es, por lo general, mucho más abierto que cualquier ciudadano equiparable de provincias. La razón es obvia. Por mucho que un madrileño se haya empeñado en vivir cerrado en su burbuja exclusivamente, por mucho que haya huido de todo lo “extraño” a su entorno tradicional, el cosmopolitismo habrá ido a él, para él lo tradicional es el cosmopolitismo puro, especialmente en las generaciones jóvenes que conocen ese Madrid no ya lleno de “provincianos” sino también de todo tipo de ciudadanos del mundo de todas las razas y culturas. Es verdad que a muchos de ellos sólo los verá en el Metro y apenas sí tendrá conocimiento de la menor circunstancia personal, pero tratará con algunos antes o después y, en cualquier caso, su simple vista le será familiar. Por suerte, en la España presente ver a un extranjero ha dejado de ser algo “exótico”.

Aunque, sin duda, lo mejor de Madrid es que no es unívoca sino, más bien, plural y polimorfa. Hay muchos “madriles”, muchos ambientes diferenciados y doy por seguro que cualquiera que vaya allí encontrará su Madrid particular. No se trata sólo de salir de fiesta, lo cual puede hacerse cualquier día de la semana y a casi cualquier hora del día siempre que tengas gente y algo de dinero, sino de todo lo demás: trabajo, estudios. Aquél entorno que busques, lo que sea acorde con tus intereses seguramente estará allí. Pero, no nos engañemos, en Madrid hay de todo y conviven en una singular armonía desde los “anarcas” que “okupan” viviendas vacías hasta la cerrada clase medio-alta del barrio de Salamanca, siempre tan bien vestida, siempre de aspecto distante, pero de trato cordial. Algo que agradeceré siempre de los madrileños es la natural amabilidad con la que puedes tratarles sin que pretendan saberlo todo sobre ti. La afabilidad, que en algunos sitios es fatalmente confundida con la invasión de la intimidad, adquiere en Madrid un nuevo significado.

Por otro lado, la sociedad madrileña no deja de ser generalmente tradicional. Pero, lejos de lo que pueda parecer, un conservador madrileño es, en realidad, más abierto que un “progresista” provinciano. El conservadurismo en Madrid es más bien la pose de quien quiere mostrarse no engañado por la “progresía” que desgobierna otras comunidades autónomas, pero que es, a la postre, más abierto y respetuoso que la media de la población en otros lugares. Seguramente sólo Barcelona podría competir en este sentido con Madrid y es algo que no he tenido el placer de comprobar personalmente. Como comentaba con una familiar y amiga mía, Madrid es una ciudad donde descubrirse. Madrid tiene la virtud de facilitar a la persona el despliegue de todo su potencial para poder así volar hacia sus sueños. ¿Quién no ha vivido en Madrid y no se ha enamorado de ella?

martes, 23 de noviembre de 2010

El Valle de los Caídos y las coartadas históricas

Los que nos recuerdan que ese monumento al oprobio está ahí

Siempre que llega el 20 de noviembre, cuatro desnortados nos recuerdan que España tiene aún una herida que restañar. Y ¿por qué nos lo recuerdan? Porque hacen patente como hemos ido dejando que todos los 20N se humille a las víctimas de la guerra civil y del franquismo en un monumento, el Valle de los Caídos, erigido por el dictador, con presos republicanos para honrar su memoria y supuestamente también la de todos los caídos, incluso la de aquellos que jamás habrían consentido ser enterrados allí, como muchos republicanos.

La cuestión es ¿cómo conseguir que un lugar como ése cambie su simbolismo? ¿Cómo evitar que el Valle de los Caídos siga siendo un agravio para los españoles y nuestra democracia? El primer paso dado por el gobierno no está mal. Consiste en prohibir que se exhiban símbolos franquistas allí. Los que quieran honrar a Franco el 20N que lo hagan en otro sitio. Sin embargo, no habremos resuelto el problema hasta que Franco y José Antonio, como mínimo, dejen de yacer allí. Y tampoco sería mala idea convertir el templo un un museo como el del Holocausto, en el que se recuerden los horrores de la guerra y de la represión posterior. Es lo que han hecho muchos países con dictaduras en su pasado. Países, quizás, más valientes que nosotros, no avergonzados en plantarle cara a los fantasmas del pasado, no acomplejados en reconocer que toda dictadura es un error y que la suya también lo fue.


Franco y Hitler

Sin embargo, aquí se plantean muchos problemas. Para empezar, el mantenimiento del templo corre a cargo del Patrimonio Nacional, el propio templo fue construido por el Estado y, sin embargo, no es del Estado. Una solución sería expropiarlo y convertirlo en un museo nacional. Pero, claro, los católicos, arropados por todos los “think tanks” y los medios “liberales” van a clamar al cielo indignados diciendo que es un ataque inaceptable a la libertad religiosa, como si les hubiera importado, por ejemplo, la libertad de los presos republicanos que construyeron ese despropósito, esa vergüenza nacional. Van a decir, claro, que no se puede gastar tanto dinero en tiempos de crisis en cosas “tan poco importantes para la gente de a pie”. Perfecto, que se ejecute la medida dentro de unos años, cuando entremos en un crecimiento sensato otra vez. Pero, en cualquier caso, se harán las víctimas. ¡Pobrecitos! Su derecho a conservar un monumento al oprobio, que es un derecho humano como todo el mundo sabe, se vería conculcado.


Franco y el Cardenal Segura

El problema de fondo y esto ya lo he dejado por escrito en un comentario en el blog de Israel, es que, por alguna misteriosa razón, buena parte de la derecha española aún tiene la necesidad de justificar el franquismo porque aún lo considera un mal menor. A nadie se le ocurriría decir que Hitler o Mussolini fueron un mal menor porque libraron a sus respectivos países del comunismo y, sin embargo, esa idea sí funciona en buena parte de la derecha española. La idea de la “inevitabilidad” del franquismo es todavía un hecho en la cabeza de muchos. Y, en el fondo, lo que subyace es una identificación con el esquema de valores del dictador que torna en una especial indulgencia la actitud de algunos conservadores hacia sus desmanes. Va a resultar después de todo, que el franquismo no está tan en el pasado como a algunos que “quieren pasar página” les gustaría, pero no porque los de la memoria histórica estén tratando de hacer justicia sino porque aún hay más de uno que no tiene problemas en buscar disculpas a ese periodo ominoso.

El País. 20 de noviembre 2010

martes, 4 de noviembre de 2008

La catedral de Liverpool

No hay mucho que ver en Liverpool. A muchos les chocará que afirme esto de la ciudad que comparte con la insípida localidad noruega de Stavanger el nombramiento de Capital Europea de la Cultura durante el presente 2008 y, a buen seguro, más de un eurodiputado esnob, de esos que creen que colocar este tipo de etiquetas sirve para algo, me condenaría sin piedad al garrote vil si leyese esto. Sibiu (Rumanía) fue la elegida en 2007. ¿No la conocen? ¿Ni siquiera le ponen cara al escritor Andrei Codrescu, su ciudadano más ilustre? No se preocupen, yo tampoco. Ni creo que nadie que viva a más de cien quilómetros a la redonda de allí lo hiciese.

Si eres fan de los Beatles, sin embargo, tienes alguna que otra cosa que hacer. Comprar un souvenir en The Cavern, posar con la estatua a tamaño natural de John Lennon que flanquea la puerta del inmortal pub, pasear por Penny Lane o tumbarte en el césped del Strawberry Field.

Fuera de eso, alguna guía te recomendará visitar la catedral anglicana (la quinta más alta del mundo) e, incluso, el Liverpool John Lennon Airport. El hecho de que un aeropuerto esté incluido entre los monumentos más destacados de una ciudad creo que habla por sí solo.

La verdadera catedral, sin embargo, se encuentra junto a Stanley Park, justo antes de cruzarse con la Utting Avenue. Esa catedral, consagrada a los paganos (o a los fieles de esa religión del siglo XXI llamada fútbol), se llama Anfield Road y, desde 1982, acoge una particular misa dominical: los partidos del añejo Liverpool Football Club.

Anfield fue originalmente propiedad de John Orrell, un cervecero local que decidió, a comienzos de 1884, dar algún tipo de salida cabal a su inmueble alquilándoselo por una mísera cuota al Everton, por aquel entonces único equipo notable de la ciudad del Mersey y, a la postre, encarnizado rival del actual club poseedor del campo. Siete años después, John Houlding, compañero en el gremio de Orrell, concejal de la ciudad y gran aficionado al fútbol, decidió hacerle una oferta de compra a su colega, tan hastiado con su propiedad como con el rudo y aburrido deporte que en ella se practicaba.

Una vez completada la compra, el flamante nuevo casero decidió triplicar el alquiler demandado al Everton, por lo que el club toffee (llamado así por la notable afluencia de vendedores de caramelos en los alrededores del estadio) decidió poner pies en polvorosa rumbo a un nuevo y mayor campo: el frío Goodison Park.

Houlding, que no había querido abandonar el estadio, entre otras cosas, porque era el propietario de un pub muy cercano al mismo y no quería perder el dinero que los aficionados gastaban allí antes y después de los partidos, decidió tirar por la calle de en medio. En 1892, junto a tres jugadores escindidos del Everton y una veintena de socios, fundó el Liverpool (al principio llamado, curiosamente, Everton Athletic), que comenzó a jugar en aquel viejo y vacío estadio, que debido a su proximidad con una calle homónima, comenzaría a llamarse Anfield Road. El modesto conjunto jugaba con la equipación azul heredada del anterior club, y completó su plantilla con ocho futbolistas escoceses, fichados por el propio Houlding tras una gira relámpago por el país vecino. Un año después, aquel equipo (conocido como el ‘Macteam’, por la abundancia de escoceses) ganó sin perder un solo partido la liga de Segunda y ascendió a la máxima categoría, comenzando entonces a producirse un choque que ha vivido más de doscientas ediciones, marcadas por una tremenda igualdad.

Más de un siglo después, contando con un número casi idéntico de españoles que de aquellos primigenios escoceses, el ahora denominado “Spanish Liverpool” recibe hoy a un Atlético de Madrid que, más de cuatro mil días después, vuelve, tras tres simulacros en otras tantas jornadas, a vivir y a sentir el verdadero y genuino ambiente de la Liga de Campeones, la competición con más solera del planeta. Veintidós protagonistas que, al filo de las nueve de la noche, respirarán hondo, mirarán al frente, apretarán los puños y recorrerán en fila india los pocos metros que separan del césped al angosto túnel de vestuarios de Anfield, ese que en todo momento, a poco que levanten la vista, les avisará de dónde están, de la historia muda que se acumula bajo las baldosas que están pisando. Y comprenderán que, como dijo Bill Shankly, ex entrenador y mito del Liverpool, “el fútbol no es cosa de vida o muerte; es algo mucho más serio que todo eso”.