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miércoles, 1 de junio de 2011

martes, 19 de abril de 2011

De la laicidad y los símbolos del Estado (o de cómo nos roban la bandera)

Le agradezo que me haya facilitado esta fantástica imagen tomada el año pasado en la Plaza de la Constitución de Málaga.

***
Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.
Antonio Machado

***
Durante la Semana Santa, los ciudadanos de este país concienciados con la cuestión de la laicidad contemplamos con espanto como las banderas de España se colocan a media asta desde el jueves santo hasta el domingo de resurrección. Esto, que no deja de ser un gesto, no por ello es menos importante y es que este país, a pesar de todo lo que ha llovido desde el 75, sigue viviendo bajo la sospechosa tutela moral de una iglesia, la católica, que practica una prepotencia intelectual y política de un calibre alarmante.

Para colmo, los políticos de este país, incluyendo los “hiperprogresistas” del PSOE todavía no se han dignado a poner fin a esta desfachatez que es la confusión de los símbolos del Estado con los símbolos religiosos del catolicismo. Sin embargo, esto no es más que el tema de siempre. Los españoles siguen pensando en España con el adjetivo de “católica” de forma mayoritaria y siguen asociando muchos otros valores con los que buena parte de España no se identifica. Esa confusión desastrosa y guerracivilista entre religión, ideología conservadora y nación es lo que lleva al desapego, tan natural por otra parte, de buena parte de la sociedad española hacia la bandera bicolor: ese símbolo de la España de siempre; la España de pandereta; del bajo palio; de la picaresca y el orgullo; de la envidia malsana y el colmillo retorcido; del recelo hacia el que piensa diferente, del que es diferente, del que no es ni blanco ni católico ni conservador... De ése que en definitiva viene a alterar lo que este país y sus símbolos significan para ellos: el patriarcado.

Cuando algunas personas educadas se disponen a solicitar casi disculpándose que se retiren los símbolos religiosos de los edificios públicos, cuando algún español ejerce su derecho a la libertad religiosa y solicita ante un tribunal el respeto a sus derechos más elementales y a la laicidad del Estado, entonces, la caverna de la reacción, la que sigue confundiendo nación, religión y conservadurismo, se le echa a la yugular y le acusa de atacar a los cristianos, de cristianofóbico y de exaltado. Y es que por desgracia ellos van a ser siempre, en su ideario, los sobrelegitimados, los que tienen a la TRADICIÓN y a la HISTORIA de su parte, los que juegan en el equipo de DIOS y de la VERDAD. Y ése es el problema sustantivo: la razón por la cual las ideologías totalitarias han sido demonizadas y denostadas, a saber, tener una visión totalizadora de la realidad y creer a fe ciega en unos dogmas y un líder carismático, es la misma razón por la cual se venera y se siguen las religiones que, día a día, amenazan los estilos de vida que consideran desviados o contrarios a la moral.

¿Cómo quieren hacer país, construir una identidad nacional común, si están constantemente otorgando carnés de patriota y decidiendo lo que es y lo que no es la ortodoxia españolista? ¿Cómo quieren que nos identifiquemos con los símbolos de España si nos los roban desde el propio aparato del Estado, si ni siquiera el PSOE es capaz de acabar con esa usurpación? El partido conservador se congratula en afirmar que el Presidente del Gobierno es un títere de los gobiernos extranjeros que le han impuesto una política de austeridad y que han convertido a España en un protectorado y, sin embargo, nada dicen cuando ese Estado extranjero que es el Vaticano interfiere en los asuntos internos como el derecho civil o la legislación penal. Nada dicen de ese protectorado moral, mucho más grave, porque en el fondo lo desean, porque su pérdida supondría la pérdida de lo que ellos consideran que es esencial en la españolidad: la cristiandad.

El único consuelo es que algún día ellos probarán su propia medicina. La doctrina de “la religión mayoritaria es la religión preferente”, sentada de forma tan innoble en nuestra tan venerada Constitución, les llevará a la enorme contradicción de tener que asumir que, cuando la mayoría de la población española sea musulmana, España se convertirá en una monarquía islámica. Y, lo peor de todo, no sólo no habrán hecho nada por evitarlo sino que habrán sentado las bases para ello. Su política de religión en las escuelas es la primera que lo propicia con el inigualable patrocinio del erario público. Cuando veamos las banderas a media asta conmemorando el martirio de Alí no será a mí a quien puedan reprocharme no haber advertido de las nefastas consecuencias de esa confusión entre religión y Estado.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Wikileaks


El secreto diplomático y el secreto de Estado es un gran invento por el cual los gobiernos pueden hacer todo tipo de fechorías y artimañas que seguramente la opinión pública desaprobaría, pero que “las circunstancias” mandan. Digamos que es una suerte de coartada intelectual y jurídica para que la acción del Estado quede en una cómoda sombra, oculta a los inocentes ojos de unos ciudadanos que no están preparados para saber toda la verdad por lo aterradora que es. Y no faltará quien diga que el bien común y los intereses nacionales necesitan esa discreción y, por qué no, esa discrecionalidad: “¡qué el Estado haga lo que quiera!” Es la consigna. Entonces llega Wikileaks y filtra cientos de miles de documentos que muestran a plena luz del día los entresijos de la diplomacia norteamericana y, con ella, muchos asuntos domésticos de multitud de países, entre ellos, España.

Algunos, insisto, dirán que esto no se puede consentir y que las filtraciones son un problema para la seguridad y los intereses nacionales. Vendrán con argumentos pragmáticos justificando la opacidad en la actuación del Estado. Sin embargo, todas estas revelaciones son un servicio fundamental y el papel que juega Wikileaks en todo esto es clave. Tan clave como otras tantas filtraciones históricas que han destapado escándalos como el Watergate. Y es que el Estado, a diferencia de un particular, tiene que estar sometido al escrutinio público en su actuación, especialmente en aquellos asuntos que conciernan a la opinión pública por su interés político y, en algunos casos, incluso jurídico.

En este contexto, Wikileaks es uno de esos fenómenos entrañables de este periodo de la era digital que lamento que pronto veremos con nostalgia: esa época en la que Internet era lento, pero aún era libre. Y es que los distintos gobiernos occidentales ya se han puesto manos a la obra en algo que era más que previsible: silenciar a Wikileaks. Y todo ello por una sencilla razón, lo que Wikileaks ofrece es demasiado bueno para saberse. Si alguien pensaba que las democracias occidentales son paraísos de la libertad, se equivoca. Los Estados democráticos toleran las discrepancias políticas y culturales al uso, pero no están dispuestos a permitir que sus actuaciones sean tan transparentes. Después de todo, también la democracia tiene sus tabúes.

El País. 3 de diciembre 2010.

sábado, 9 de octubre de 2010

Keynes, en venta


Si hay algo cierto en economía, es que las crisis son inevitables y que no hay dos iguales ni, por tanto, dos recetas iguales. Eso nos lleva inevitablemente a la polémica que se generó ya desde el comienzo de esta crisis en 2008 acerca del camino a seguir para volver al crecimiento. Tras años de supuesto dominio del libre mercado y de anárquico funcionamiento de los mercados financieros, los adalides de la intervención pública se llenaban la boca con los remedios del New Deal aderezado con un poco de estímulo keynesiano.

Pero ¿qué nos está enseñando la evolución de esta crisis? Los planes de estímulo de la demanda puramente Keynesianos como los distintos Planes E del gobierno de España, sólo han servido para postergar el problema de los sectores a los que se dirigía y han acabado a la postre por consumir el superávit y llevarnos a una segunda crisis: la de la solvencia crediticia de los Estados. Si después de la caída de Lehman Brother la consigna era emborrachar al mercado de liquidez y mantener o aumentar el gasto público aún con el descenso de la recaudación, es decir, la clásica receta de Keynes: que el Estado sostenga la demanda mediante una actuación anticíclica, ahora la consigna es controlar el déficit y no aumentar mucho el endeudamiento de los Estados. Y es que resulta que Keynes ha tenido un problema de aplicación en este caso. Algunos se habían olvidado de que los Estados también están sujetos a las leyes del mercado y, lo quieran o no, si pretenden mantener su actividad a costa de la emisión de deuda, lo que los acreedores tengan que decir es importante. De modo que, una vez más, aprendemos que creer ilusoriamente que las leyes del mercado pueden cambiar por nuestros deseos altruistas no es sólo una estúpida inutilidad sino una peligrosa actitud capaz de desencadenar crisis como la de Grecia.

Pero ¿qué aprendimos del 29 entonces? Algunas herencias del crash de 1929 han ayudado. La existencia de un sistema de subsidio por desempleo, por ejemplo, ha evitado las horrorosas imágenes de desamparo en el que el sistema dejó a mucha gente por entonces. Tampoco ha sido igual la respuesta a la crisis estrictamente financiera. Ahora no ha habido quiebras en cadena de entidades de crédito. El sistema financiero se ha sostenido por rescates multimillonarios, nacionalizaciones de bancos incluidas. Pero es lógico: no pueden esperar que aceptemos un sistema fiduciario de moneda en el que nuestro dinero se le presta a terceros sin nuestro consentimiento y, además, querer que asumamos las pérdidas que, sin embargo, se “nacionalizan” o “socializan”: lo que no perdemos como clientes de una entidad lo pagamos como contribuyentes. No obstante, en lo que respecta a lo estrictamente económico, la actuación anticíclica del Estado ha quedado más que en entredicho. Viendo el panorama de recortes presupuestarios en toda Europa puede decirse que Keynes está en venta. La pregunta es: ¿bastarán estos recortes? Yo creo que no.

sábado, 12 de junio de 2010

La falsa retórica de “mercados financieros vs democracia”

Últimamente estoy asistiendo con estupefacción a una serie de declaraciones, viñetas en periódicos, etc. que alertan de la supuesta tutela a la que está sometida nuestra democracia por parte de los mercados financieros, algo así como “nos están gobernando los mercados financieros” o “no debemos permitir que los mercados financieros ganen a la democracia”.

Todas estas declaraciones, de difícil sino imposible justificación, pasan por alto un pequeño detalle que no debemos olvidar. Lo que está en juego con esta crisis de deuda soberana no es el poder del pueblo, la soberanía nacional o la democracia. Lo único que está en juego es la solvencia de los Estados, su capacidad para colocar deuda en los mercados financieros a un buen tipo de interés. Es así de sencillo. Los Estados son perfectamente soberanos para llevar la política económica que deseen y, si quieren, pueden intentar endeudarse más y más sin freno y aumentar sus déficit... Todo ello, claro está, si hay alguien dispuesto a prestarles el dinero, pero ¡ah amigo! El problema es que cada vez hay menos gente dispuesta a prestarle dinero a ciertos Estados y, si lo están, es a unos tipos de interés que difícilmente serán asumibles por los Estados. Nadie niega la soberanía a los Estados, son los Estados los que, conscientes de su necesidad de financiación en los mercados financieros, quieren seguir siendo solventes a sus ojos. Pero, no nos engañemos, esos tan malvados especuladores que tienen “secuestrado” el Estado del Bienestar no son malintencionados inversores internacionales judeo-masónicos, anglosajones y euroescépticos... Son, en su mayoría, gestores de fondos de inversión y fondos de pensiones que mucha gente de a pie, común y corriente, tiene contratados en su banco de toda la vida. Porque si en este país ya son muchos los que invierten directamente en bolsa, ¡cuántos más son los que tienen un fondo garantizado o un plan de pensiones en su caja de ahorros o banco de siempre!

Luego, ¡basta de hipocresías! Si toda la gente que dice que la democracia está supeditada a los mercados financieros quiere “salvar” la democracia, que cancelen su fondo de inversión o su plan de pensiones y que financien al Estado a un bajo tipo de interés. Aunque ¿sabéis qué? Me temo que todos esos valientes “superdemócratas” no están dispuestos a emplear su dinero en activos financieros con una rentabilidad desacorde al riesgo asumido.

Lo que está en juego aquí no es la democracia, lo que está en juego es el grifo tradicional de financiación de los Estados derrochadores que se han endeudado más y más para dar satisfacción a unas pretensiones desmesuradas de unos votantes a los que no les importa la insostenibilidad del Estado mientras tengan su subvención, su sueldo de funcionario, su pensión o sus ineficientes servicios prestados por el Estado. Lo que está en juego es el modelo de vida de esos fantasmas que son los Estados. Porque el problema de fondo es que si un español ve a su vecino mileurista comprarse un Mercedes o un BMW con un préstamo al consumo, se lo reprochará reservándole palabras tan amables como “fantasma” o “fantasmón”. Pero, si es el Estado el que vive por encima de sus posibilidades, el que gasta más de lo que tiene... ¡Ah, eso es algo muy distinto! Hacienda somos todos.

jueves, 1 de abril de 2010

El cristianismo al descubierto

Paul Henry Thiry, Barón D'Holbach
Editorial Laetoli. Los ilustrados.
162 páginas.

Paul Henry Thiry hizo una contribución inestimable a la difusión de las ideas ilustradas con la edición, publicación y difusión de obras de diversos autores. Esto sin olvidar que su casa era punto de encuentro para muchos de los pensadores coetáneos no sólo franceses sino también visitantes extranjeros. Toda esta labor aparentemente taimada fue, sin duda, importantísima para la popularización de las ideas de la ilustración, para que acabara produciéndose el cambio radical de occidente.

“El cristianismo al descubierto” fue publicada con el nombre de un difunto escritor, Nicolas Antoine Boulanger, en 1761, esta obra breve y muy polémica refleja probablemente la postura más radical de un filósofo ilustrado en materia de religión. Tras su segunda edición (1767, Amsterdam), la obra alcanzó una gran repercusión. Sus ejemplares se pagaban a 10 escudos y eran introducidos ilegalmente en Francia. Por supuesto, también fue objeto de condena y quema por el Parlamento de París. Las controversias sobre la calidad de su estilo y sobre la autoría de la obra también fueron frecuentes.

Lo cierto es que el estilo es incisivo, duro y, lo mejor de todo, de una claridad alarmante para muchos. Posee la estética de la vehemencia y la fuerza de quien descubre algo antes oculto. La información que aporta el autor en las notas a pie de página es prolija, demuestra la gran formación del autor en la materia que trata y sirve de un apoyo útil a sus argumentaciones. Pero a estas alturas el lector se estará preguntando qué aporta de nuevo este autor que no hayan dicho Voltaire, Diderot, Rousseau... La verdad es que revela un punto de vista completamente nuevo para sus coetáneos, a saber, que la religión, especialmente la cristiana, es inmoral y que, como tal es nociva para la sociedad; que se trata de un instrumento de control del poder que promueve e instiga la rebelión contra los monarcas que no obedecen a las autoridades eclesiásticas, y, finalmente, que sirve de apoyo para otros monarcas que prefieren sostener su gobierno sobre la superstición de sus súbditos a buscar su progreso y su bienestar.

Con esto no sólo rompe con la idea de que no hay moralidad sin religión sino que afirma la inmoralidad de la religión misma, y sostiene la necesidad de combatir el fanatismo religioso desde la educación y la libertad de pensamiento.
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Enlaces relacionados:

martes, 22 de diciembre de 2009

Prohibido fumar: la libertad y el derecho a la salud


La cuestión que se ha suscitado sobre la prohibición de fumar en todos los espacios públicos cerrados debe plantearse como un conflicto entre dos valores fundamentales, a saber, la libertad y el derecho a la salud.

Toda restricción de la libertad sólo puede justificarse en la medida en que la acción concreta prohibida lesione los derechos de los demás. En todos los demás casos, la soberanía del individuo sobre sí mismo es absoluta. Así lo planteaba John Stuart Mill en “Sobre la Libertad” (“On Liberty”, 1859) y ésa debe ser, a mi modo de ver, la línea que delimite en qué punto es legítima la intervención de la sociedad o del Estado sobre las conductas de los individuos. Partiendo de esta premisa, el conflicto se plantea en el momento en que un fumador atente contra el derecho a la salud de los demás. En ese caso, la intervención del Estado mediante la prohibición de fumar sí estaría justificada y sería legítima. Lo cierto es que la costumbre ha permitido hasta hace pocos años que quien quisiera, en abuso de su libertad, fumara en perjuicio del resto en cualquier espacio cerrado. Eso ha ido cambiando progresivamente. Sin embargo, aún existen espacios de impunidad para ese abuso. La nueva ley busca acabar con esto.

No obstante, si bien es loable que las autoridades públicas quieran proteger nuestro derecho a la salud, no deben excederse en su protección hasta el punto de prohibir que se habiliten zonas especiales para fumadores en aquellos lugares en los que el espacio lo permita. Es cierto que, a falta de zonas especiales, la norma debe ser la prohibición de fumar aunque eso no obsta la búsqueda de soluciones intermedias que satisfagan ambos derechos. Lo ideal sería que quien quisiera pudiera fumar sin que los demás fueran molestados, pero esto parece que ya no está en la agenda del Gobierno. Tal vez desconfíen de la eficacia de una norma tan permisiva en el país creador de la picaresca o simplemente recelen de la libertad de los ciudadanos y crean más apropiado imponer en todos los casos, sin ambages, al nuevo tirano de nuestro tiempo: nuestro propio bienestar.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Desmitificando el liberalismo (i): el mercado y el Estado.

Una de las claves del éxito de la socialdemocracia y de sus postulados reside en el buen manejo del lenguaje a través de la propaganda. De esta forma han conseguido, con la ayuda de algunas corrientes del liberalismo, inducir a error mediante la asociación de determinados atributos a ciertas palabras. Esto sucede de forma evidente con el término de 'mercado' y 'Estado'. El primero goza de una imagen ciertamente mejorable. En el imaginario colectivo, visualizar el término de 'mercado' supone figurarse una especie escenario selvático en el que todo vale con tal de lograr la propia supervivencia o el éxito personal: el engaño, el fraude, la estafa, la mala fe, el tráfico de influencias... Se nos antoja un lugar frío, agobiante y despiadado que nos genera una incómoda sensación de incertidumbre. El 'riesgo', la 'desprotección', el 'abuso'... Los mendigos son culpa del mercado, los parados son culpa del mercado, el mercado es implacable, inmoral, malo... 'No podéis servir a Dios y al dinero', dijo Jesús de Nazaret, que tuvo a bien echar a latigazos a los mercaderes del templo (no por la razón que algunos piensan). 'Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios'. Recogiendo y manipulando esa herencia cultural convenientemente aderezada con una pequeña dosis de materialismo histórico marxista se nos ha inoculado de forma imperceptible un prejuicio negativo sobre el mercado. Por contra, el Estado goza de muy buena imagen. Se trata de un lugar cálido; acogedor, donde los malos avaros y usureros tienen que vérselas con el burócrata. El estado es una especie de padre o de hermano mayor que está ahí para protegernos de las inclemencias exteriores, para salvarnos cuando estamos en peligro. El riesgo se torna en certidumbre porque 'el Estado nunca quiebra' y nos da esa sensación de seguridad que tanto nos agrada.

Buena parte de esta demonización del mercado sirve para etiquetar al liberalismo porque ¡el liberalismo defiende el mercado! Finalmente, el liberalismo ha ido viendo deteriorada su imagen porque se le ha convertido en adalid del capitalismo salvaje, de los mercados sin control al mismo tiempo que algunos autoproclamados liberales se han posicionado en rancias posturas conservadoras. Se vende con mucho éxito la imagen de que el liberalismo prefiere que la gente se muera de hambre en la calle, que los ancianitos se queden sin pensión, que los niños pobres no puedan estudiar a ver intervenir al Estado... Y la realidad es que se ha desvirtuado por completo la teoría liberal del Estado hasta el punto de que el propio Antonio Garrigues Walker recordaba en la tercera de ABC el 20 de mayo del pasado año el papel subsidiario del Estado liberal de la siguiente forma:

"El liberalismo entiende que, por regla general, el mercado es el sistema que permite una asignación más eficiente de los recursos y por ende el que mejor facilita no sólo la creación sino también la distribución de la riqueza.
Pero si por cualquier razón ello no fuera así, el liberalismo ha defendido y defenderá inequívocamente la actuación del sector público y su intervención directa, con tal de que no tenga carácter permanente y el proceso pueda ser controlado en todo momento por la sociedad civil. El liberalismo se opone, sin la menor reserva, a toda forma de concentración de poder económico, sea público o privado, y por ello reclama una aplicación estricta de las leyes antimonopolio y de las normas que defienden una competencia leal. El liberalismo no tiene nada que ver con el llamado “capitalismo salvaje” ni con ningún sistema que provoque la indefensión y la opresión del ciudadano. El liberalismo protesta contra un mundo en el que se están acentuando las desigualdades tanto a nivel internacional como nacional, justamente porque se falsifican y se adulteran las reglas del mercado en beneficio de los más poderosos."

Este principio de subsidiariedad implica que el Estado debe intervenir para suplir las deficiencias y las carencias del mercado, lo que implica que este principio no puede presentarse como instrumento para suplantar al mercado ni para instaurar un sistema estatal de asignación de recursos. Para el liberalismo, esa intervención del Estado es secundaria, subsidiaria porque considera que allí donde el mercado puede funcionar debe haber mercado. Aunque el hecho de que haya libre mercado no implica que el Estado permanezca completamente ajeno. Los mercados exigen una regulación que permita la existencia de la competencia. Este es el siguiente punto en el que Antonio Garrigues Walker hace especial hincapié porque no debemos olvidar que un mercado donde están permitidas las prácticas que restrinjan la competencia no es un mercado, es un campo de lucha libre. Por supuesto, este mercado falso no es eficiente en la asignación de recursos porque no permite que afloren los mejores sino que sólo protege a los más fuertes. Y esto es un privilegio. El liberalismo tiene en su raíz más profunda su oposición a los privilegios. Esta es su gran lucha por la igualdad. Nació oponiéndose a los privilegios de cuna, que implicaban una discriminación política y fiscal para los no aristócratas y siguió oponiéndose, como bien dice Antonio Garrigues Walker, a la concentración económica y a las conductas desleales. Por ello, el Estado liberal tiene una función primordial de regulador y supervisor. Es el Estado-gendarme liberal. Bien es cierto que esa regulación no debe ir encaminada ni más ni menos que a asegurar la competencia leal en el mercado y, en definitiva, la igualdad de oportunidades.

Otro autor, Friedrich A. Hayek, hizo a su vez unas aportaciones interesantes en 'Camino de servidumbre' ('The Road to Serfdom', 1944) acerca de esta cuestión. La cita es extensa, pero resulta muy clarificadora:

“El uso eficaz de la competencia como principio de organización social excluye ciertos tipos de interferencia coercitiva en la vida económica, pero admite otros que a veces pueden ayudar considerablemente a su operación e incluso requiere ciertas formas de intervención oficial. […] Prohibir el uso de ciertas sustancias venenosas o exigir especiales precauciones para su uso, limitar las horas de trabajo o imponer ciertas disposiciones sanitarias es plenamente compatible con el mantenimiento de la competencia. La única cuestión está en saber si en cada ocasión particular las ventajas logradas son mayores que los costes sociales que imponen. Tampoco son incompatibles el mantenimiento de la competencia y un extenso sistema de servicios sociales, en tanto que la organización de estos servicios no se dirija a hacer inefectiva en campos extensos la competencia.
[…] El funcionamiento de la competencia no sólo exige una adecuada organización de ciertas instituciones como el dinero, los mercados y los canales de información -algunas de las cuales no pueden ser provistas adecuadamente por la empresa privada-, sino que depende, sobre todo, de la existencia de un sistema legal apropiado, de un sistema legal dirigido, a la vez, a preservar la competencia y a lograr que ésta opere de la manera más beneficiosa posible.”
Friedrich A. Hayek: Camino de Servidumbre (1944)

Hayek plantea la imposibilidad de que la existencia de un sistema de planificación económica sea compatible con las libertades políticas. Desvela el engaño del pensamiento colectivizador que pretende justificar su omnímoda intervención de la economía, su dirección centralizada desde el poder, con el pretexto de una igualdad real, de una libertad 'verdadera', la 'libertad' que da que toda la economía esté en manos del Estado, mediante la superación de las 'falsas' libertades del liberalismo. El autor es sumamente claro planteando la cuestión. La planificación económica es incompatible con la democracia y, por otro lado, el sistema de libre competencia exige una regulación. Del mismo modo, en páginas anteriores critica la vieja concepción liberal de laissez-faire y sostiene que el liberalismo no es un credo estacionario. En todo esto tiene mucha razón porque existe la penosa pretensión de fosilizar el liberalismo, de extirparle su más profundo anhelo de progreso del ser humano por la ampliación de su libertad y su autonomía personal.

“Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire.”
Friedrich A. Hayek: Camino de Servidumbre (1944)

Si después de todo esto espero haber desmitificado determinados aspectos del liberalismo, al menos aquéllos referidos al papel del Estado y de la regulación, quería terminar exponiendo lo que manifestó otro autor, precursor del liberalismo, sobre la cuestión de la asistencia social. Thomas Paine al final de su obra Los Derechos del Hombre ('Rights of Man', 1791 y 1792) presenta un ambicioso proyecto de reforma de los 'presupuestos' públicos de la corona británica que consiste en la reducción de los gastos corrientes que estima Paine que se deben a las intrincadas políticas y al despilfarro de la corte, y que además incluye un amplio programa de ayudas sociales. El propio autor lo resume de la siguiente manera:

“La enumeración es la siguiente:
Primero: Abolición de dos millones de tributo para beneficencia.
Segundo: Asistencia a doscientas cincuenta mil familias pobres.
Tercero: Educación para un millón treinta mil niños.
Cuarto: Atención para el bienestar de ciento cuarenta mil personas ancianas.
Quinto: Donación de veinte chelines, cada una a cincuenta mil recién nacidos.
Sexto: Donación de veinte chelines, cada una a cada nuevo matrimonio.
Séptimo: Subsidios de veinte mil libras para los gastos de los funerales de las personas que viajan por motivos de trabajo y mueren lejos de sus amigos.
Octavo: Empleo, en todo momento, para los pobres circunstanciales de las ciudades de Londres y Westminster.
Mediante el funcionamiento de este plan quedarán sobreseídas las leyes de pobres, esos instrumentos de tortura civil, y se impedirán los gastos inútiles de los pleitos. Los corazones de las personas humanitarias no se sentirán escandalizados por los niños harapientos y hambrientos y por las personas de setenta y ochenta años de edad que piden por las calles.”

Después de leer esto no del padre sino del abuelo del liberalismo, es difícil pensar que éste tenga unos planteamientos inhumanos o despiadados sobre la cuestión de la asistencia social de los más necesitados. De hecho, es más fácil para un país próspero con una buena economía de libre mercado sufragar los costes de esa asistencia social que para los países socialistas (esto también lo apunta Hayek). Las propuestas de Thomas Paine están muy circunscritas al contexto de la Gran Bretaña de su tiempo y posiblemente sus medidas no se entenderán bien al haber leído sólo ese extracto, pero esto refleja que no está ni mucho menos en el ánimo del liberalismo auspiciar la ley de la jungla. Sólo un sistema socialista, de planificación o de capitalismo de Estado es verdaderamente inhumano porque le niega al hombre su autonomía, su independencia, su libertad para convertirlo en un ser dependiente de la gran máquina represiva Estatal que no sólo no se conforma con ahogar sus libertades políticas sino que lo convierte en un asalariado forzado del Estado, en una pieza más del alienante engranaje de la burocracia, en un ser que no es porque el verdadero ser reside en el Estado y sólo en el Estado. Termino con una honrosa cita de Ortega:

“El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo -conviene hoy recordar esto- es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a la minoría y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo: más aún, con el enemigo débil. Era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural. Por eso, no debe sorprender que prontamente parezca esa misma especie resuelta a abandonarla.”
José Ortega y Gasset: La Rebelión de las Masas (1930).