sábado, 15 de enero de 2011

Cómo se ve la decadencia


Uno de los mayores síntomas de decadencia que he visto en España recientemente no ha sido Zapatero, el gobierno, la ineptitud de los políticos, la corrupción, el desastre del informe PISA u otros asuntos varios. No. Fue el cierre del canal CNN+ lo que me ha tenido perplejo durante un tiempo. Para mí, para la poca televisión que veía, era uno de los dos canales predilectos: El 12 y el 14 en mi televisión, el canal 24 horas de TVE y CNN+. El resto no existía salvo por alguna tertulia interesante en LD TV que sólo podía ver en Madrid.

Los demás canales emitían la cartilla de ajuste para mí y ahora hay otro más que les pertenece: un canal donde emiten Gran Hermano ¡las 24 horas del día! (perdonad mis palabras, la cartilla de ajuste no se merece esta comparación). Nunca he creído en la televisión. Como todo medio de masas rezuma plebeyismo en forma de mediocridad, ignorancia y bajeza moral e intelectual. No hay nada que me interese de la televisión salvo algunos documentales y algunas series norteamericanas ¡que emiten a deshora, en castellano y, en algunos casos, desordenadamente! Salvo eso, eran las noticias de la 1 y algunas entrevistas y reportajes de CNN+ lo que me movía quizá a encender el aparato. Lo cierto es que casi todo lo que veo lo veo por internet. Nunca le he visto mucho sentido a tener que seguir los imperativos y los gustos de los programadores viendo “lo que echen”.

Pero, en cualquier caso, CNN+ aportaba algo, era un buen activo en la televisión española y se ha ido. Que un canal como ése no sea rentable dice mucho de la audiencia, que la alternativa sea Gran Hermano dice mucho más. Lo único que demuestra esto es que han vuelto a triunfar los bajos fondos, la estopa, el inmundicia, la excrecencia... Todo lo que esa masa informe que es la audiencia tiene por gusto, todo lo que le conmueve, le anima, le persuade o le acompaña ha demostrado ser, una vez más, la programación de peor gusto, lo que sólo deberían querer ver gente sin escrúpulos. ¿Dónde queda la sensibilidad?

Hay muchas formas de ver la decadencia: se refleja en el pésimo nivel de la clase política que nos gobierna ¡con nuestra aquiescencia! o en los malos resultados en los índices educativos, pero, sobretodo, se percibe por el gusto de una clase y de una época, por su nivel de refinamiento, por el grado de sensibilidad. Pero en España todos estos conceptos son alienígenas: a menudo vas por la calle y la gente no muestra gusto al vestir ni buenos modales ni cuida el lenguaje... En España acampa a sus anchas la chabacanería: eso es el Gran Hermano, ésa es la decadencia.

RTVE. 28 diciembre 2010.

martes, 11 de enero de 2011

Alto el fuego

ETA anuncia un alto el fuego permanente, general y verificable, pero no dice ni que vaya a disolverse ni a devolver las armas ni, en definitiva, a abandonar la amenaza de la fuerza y, además, pone condiciones. Resulta siniestro oir hablar a esta gente de una "solución justa y democrática al conflicto secular vasco", pero es que esa solución tiene una agenda muy marcada según ETA que sigue siendo el "derecho a decidir del pueblo vasco", en definitiva y, como mínimo, un referéndum de autodeterminación. Ante este comunicado sólo cabe una reacción: ni ETA tiene credibilidad para emitir el comunicado que ha emitido hoy ni está en condiciones de exigir ningún "proceso democrático" y menos de solicitar el "levantamiento de las medidas represivas" por los Estados de España y Francia, y el "reconocimiento de Euskal Herria". El único camino a seguir es el de la lucha policial y judicial dentro del Estado de Derecho y me temo que, aunque suene a cliché, algunos tendrán otras tentaciones. Una vez más, ¡negociación en mi nombre, no! Por si acaso.


El País. 10 de enero 2010.

sábado, 8 de enero de 2011

Otro gran ejemplo de democracia interna

© Miguel Soldado Serrano

Las elecciones municipales y autonómicas están a la vuelta de la esquina como aquél que dice y los partidos ultiman las listas electorales con gran vergüenza ajena para las ciudadanos que, probablemente, acudirán decepcionados a las urnas para participar en un sistema que los utiliza como coartada para subyugar su libertad. Una de esas perversiones más notables reside precisamente en la partitocracia y su funcionamiento. Toda democracia debe asentarse en el poder de los partidos políticos. Esto es algo que, vista toda la experiencia, es innegable. Lo que tampoco se puede negar es que los partidos políticos tengan que funcionar como lo hacen en este país. Y el PP es un gran ejemplo, para mal, de ese funcionamiento.

Quizá el caso más llamativo ha sido el de Asturias, pero no tengo ninguna duda de que habrá más ejemplos. El PP y, especialmente, Mariano Rajoy, ha actuado como sólo ellos saben hacerlo: de tapadillo, dando largas y utilizando finalmente el sistema dedocrático de gobierno. La primera consigna es que no se note, siguiendo el infame dicho español de “los trapos sucios se lavan en casa”, como si elegir candidatos fuera algo que ocultar a la opinión pública. La segunda consigna, una vez que se ha notado un poco, es que no se hable mucho de ello. La mejor técnica en este caso es dilatar el “problema” en el tiempo con declaraciones ambiguas y posturas indefinidas. Todo ello siempre pone de relieve lo que en el fondo no quieren que destaque: si todo el mundo está pendiente de la dirección nacional del partido es porque, al final, se sabe que decidirá el líder nacional caiga quien caiga y aún con las bases en contra, esto es, sólo el vértice supremo de la pirámide tiene el poder, que ejerce arbitrariamente, pero que no lo parezca. La dictadura del dedo se ve así como una benigna dictablanda. Y, al final del todo, el dedazo. Mariano Rajoy acaba con la fingida ambigüedad adoptando una decisión en vísperas de Nochevieja: volvemos a la consigna número uno, es decir, que no se note.

Toda esta forma de actuar sólo denota una cosa: la forma de ser. No seré yo el más forofo de citar los evangelios ni a Jesús de Nazaret, pero ya que ellos dicen aplicarse el cuento: “por sus hechos los conoceréis”. Y esta es la derecha a la que yo conozco o, al menos, el partido que la representa sin decirlo muy alto: la derecha de la autocracia, la de decidir desde arriba, la del aquí se hace lo que yo digo y la que confunde, en definitiva, orden con falta de libertad y, para lo que viene al caso, con la falta de democracia interna. Y no seré yo el mayor fan del socialismo. Ya he reiterado en este blog varias veces que creo que el socialismo como teoría política es una aberración intelectual. Sin embargo, el PSOE, en esto de elegir candidatos, lo hace de otra manera. Es verdad que la mayoría de las veces tienden a comportarse de la misma forma, aunque no deja de ser un partido con el poder más repartido, pero hay momentos en los que nos sorprende. La última fueron las primarias de Madrid que perdió la candidata de la dirección. La penúltima fue el Congreso que ganó Zapatero, contra el aparato felipista.

Sí, son pocos casos en los que la democracia interna se abre paso (y para mí la mejor prueba es que pierda la dirección, no como en UPyD, donde siempre gana). Puede que el PSOE no sea ejemplo para muchas cosas, pero incluso ellos mismos deberían seguir más esos contados casos de democracia interna. Todos los partidos deberían seguirlos. Y, sí, es cierto que la ley electoral no ayuda y que lo que se quiso fomentar fueron los partidos políticos tal y como funcionan ahora. Ya sabemos que los españoles nunca hemos creído en nuestra propia capacidad para ser libres y regirnos democráticamente. Pero ya han pasado muchos años y va siendo hora de que esto cambie. La pregunta es ¿será la derecha española capaz de regirse democráticamente?

La Voz de Galicia. 30 de diciembre 2010.

miércoles, 5 de enero de 2011

Cómo sacar de quicio la prohibición de fumar

A algunos se les ve el plumero y la prohibición de fumar en lugares públicos cerrados y en algunos espacios abiertos les parece una vergüenza, una intrusión inadmisible del Estado en la vida de los ciudadanos, una vuelta de la Santa Inquisición... Habría que ver qué dirían si la ley se hubiera aprobado bajo un gobierno popular (por cierto, toda la derecha española ha votado a favor de la norma).

Es cierto que la ley contiene algunos excesos desde una perspectiva liberal. Por ejemplo, que no se permita ni siquiera conservar las zonas habilitadas para fumar cuando la obra ya se había hecho no tiene demasiado sentido, como tampoco lo tiene quitar los espacios para fumadores en los aeropuertos, teniendo en cuenta que muchos viajeros tienen que enfrentar horas de avión sin poder fumar a lo que ahora deberán sumar las dos horas que se suelen echar en los aeropuertos. Esto, por ejemplo, parece un ataque gratuito contra la libertad del fumador. Ahora bien, dicho esto, la ley está plenamente justificada. Ningún fumador tiene derecho a perjudicar el derecho a la salud de ninguna persona y, si antes se hacía, estaba mal hecho, era un ejercicio perverso e injustificado de la libertad individual. Igual que yo no tengo derecho a ponerle aguardiente en el café al señor de al lado, yo tampoco tenía por qué fumarme medio cigarrillo de cada fumador activo que tuviera cerca. Eso era un atropello en toda regla. Nuestra salud ahora va a estar más protegida que nunca, al nivel de los primeros países europeos en la materia y esto no va a impedir que los fumadores sigan fumando todo lo que quieran, su libertad está intacta, pero que no nos molesten.

Lo draconiano de la solución de no permitir zonas de fumadores tiene, no obstante, cierto sentido en términos de eficacia de la norma. En un país de pandereta como éste, en el que según qué políticos (por no hablar ya de algunos empresarios) buscan todos los resquicios posibles para poder vulnerar la norma, tiene mucho sentido una solución de todo o nada, de o sí o no. La flexibilidad de la anterior ley dejaba mucho que desear en términos de protección de nuestro derecho a la salud. Ni puede pedirse a la gente que se discrimine entre fumadores y no fumadores (por desgracia lo no fumadores hemos sido siempre los tontos flexibles que nos hemos tenido que aguantar yendo a bares de fumadores) ni puede darse la mano a los hosteleros porque entonces más de uno habilita zonas de fumadores de la señorita pepis, sin extracción ni separación de ambientes adecuada.

El país del “tú, dame hueco que, habiendo hueco, yo ya si eso ya...” tal vez necesite una norma así de draconiana para hacer respetar nuestros derechos. Insisto: ningún argumento paternalista de protección de la salud del fumador en contra de su propia libertad puede justificar esta ley. Esta prohibición se justifica simple y llanamente por la protección del derecho a la salud de terceros frente al abuso de la libertad que reiteradamente ejercían muchos fumadores. Y, para que quede claro que aún queda por avanzar en la buena dirección, aprovecho para pedir la derogación de todas las normas administrativas que prohíben el consumo de marihuana o de alcohol en la calle así como de las normas, también penales, que restringen su comercio total o parcialmente. No seré yo quien apoye un Estado paternalista. Eso sí, el que fume, que no me moleste.

Quiero Un Dominio. 22 de diciembre 2009.

lunes, 3 de enero de 2011

"THE CONCIENCE OF A LIBERAL"

Paul Krugman
Penguin, 2007.
296 páginas.


Voy a darle la bienvenida al 2011 con una obra política con un sentido muy económico. Como punto preliminar haré una aclaración sobre el título: la palabra inglesa “liberal” no alude a su “false friend” castellano "liberal", más al contrario, sería un equivalente a lo que en España se conocería como socialdemócrata o socialista. Y es que el libro de Paul Krugman es sobretodo una declaración de principios socialdemócratas en unos EEUU que considera profundamente desiguales.

La obra parte de una serie de premisas que hunden sus raíces en un análisis histórico-económico del país. La “Gilded Age”, periodo marcado por una gran desigualdad, fue superada por la crisis de los años 30 y el “New Deal”, que llevó a EEUU a lo que Paul Krugman llama “Great Compression”: todo un periodo en el que las políticas de Franklin Delano Roosevelt y su herencia tienen un efecto de reducción significativa de la desigualdad entre los americanos y que convierte a EEUU en un país de clase media. Tras analizar los logros del “New Deal” y de la “Great Compression”, Krugman nos lleva a un análisis de la creciente desigualdad del país, desigualdad que proviene de la ruptura de esas políticas socialdemócratas desde la década de los 70 y, especialmente, desde Reagan en los 80. Krugman, realiza todo un análisis del porqué de la ruptura de esas políticas y nos lleva a un viaje desolador por la historia del movimiento conservador y la toma del Partido Republicano por éste.

Krugman plantea inicialmente un dilema interesante: ¿cómo es posible que una serie de políticas que benefician a la mayoría de la población y que tienen per se en las encuestas un apoyo mayoritario sean rechazadas en las urnas? La respuesta es clara: el movimiento conservador, a través del partido Republicano, utilizó desde los 70 el voto racista para desmantelar la estructura del Estado del Bienestar. Y es que el partido republicano nunca fue fuerte en el sur. Sin embargo, los demócratas, que habían contado hasta los sesenta con un apoyo sureño importante, no sólo por cuestiones históricas sino porque el "New Deal" benefició especialmente a éste, comenzaron a perder su hegemonía en cuanto se convirtió no sólo en el partido del “New Deal” sino en el abanderado de los derechos civiles, por ejemplo, de los negros. Entre las agitaciones por los derechos civiles y las insinuaciones de que los negros abusaban de las ayudas del Estado, los republicanos lograron socavar los estables cimientos del Estado del Bienestar americano.

Paul Krugman nos ilustra con numerosos datos y citas de las consecuencias de este viraje político especialmente en el sur. La “Great Compression” tornó a su fin conforme el movimiento conservador fue ejecutando sus políticas y, aunque la economía crecía, el nivel de vida de los americanos no mejoraba sustancialmente. Esto, que no era tan evidente hasta no hace mucho, se hizo patente en la última década donde los datos reflejan que la mejora de la economía hasta el 2007 no había sido percibida por la mayoría de los norteamericanos.

Y he aquí donde cobra su sentido el libro de Krugman. EEUU necesita un nuevo "New Deal", “a new New Deal”, que devuelva a los EEUU la clase media que ha perdido. Y el gran eje de ese retorno a una “Great Compression” es, como no, la reforma sanitaria. Este asunto es analizado en detalle por el autor, que muestra en la comparativa con otros países lo sangrante del caso norteamericano: un sistema que deja sin protección a millones de personas, que deja con mala protección a otras tantas y que arruina a muchos y que es, encima, mucho más caro que sistemas de protección universal como los que tienen el resto de países desarrollados del mundo, especialmente Canadá, Francia o Reino Unido (países elegidos para la comparativa). El sistema sanitario norteamericano no funciona, deja por sentado Krugman. Urge una reforma y de su éxito depende el futuro avance del movimiento progresista en EEUU que fomente políticas de mayor cohesión social. Lo que Krugman no previó probablemente antes de escribir el libro es que tan sólo un año después iba a desatarse la peor crisis de la historia desde los años 30. ¿Será éste el momento más apropiado para que EEUU vuelva a fortalecer su Estado del Bienestar o es ya demasiado tarde?

viernes, 31 de diciembre de 2010

“Die Welle” (2008)

Terminamos el año en Quiero Un Dominio con la película de Dennis Gansel Die Welle (La ola), estrenada en 2008, que plantea una problemática clásica de la ciencia política: la posibilidad de estatuir una dictadura aún en países democráticos y avanzados como los nuestros. Para poner al lector en situación, la cinta alemana se basa en un experimento real llevado a cabo en un instituto californiano por un profesor, Ron Jones, que fue incapaz de contestar por qué la sociedad alemana pudo apoyar el nazismo y, más aún, si eso podía ocurrir en EEUU en ese momento (1967). La pregunta, extensible a otros contextos similares, se plantea en el film en la actual Alemania, donde el protagonista, el profesor de un instituto, lleva a cabo un experimento de características similares al del profesor californiano con resultados igualmente descorazonadores.

Y es que el experimento real en sí y la película nos enfrenta a una realidad del ser humano que puede no gustarnos en absoluto, pero con la que debemos contar: su gregarismo. La necesidad de pertenencia a un grupo, especialmente exacerbada en los adolescentes (sujetos del experimento), junto con la capacidad de atracción que tradicionalmente tiene el papel del líder fuerte en un grupo cohesionado puede llevar a la alienación de los individuos, a la supresión de la individualidad y, finalmente, al trágico sacrificio de los intereses y los derechos individuales en pro de unos intereses colectivos más que cuestionables y que, en cualquier caso, son una horca caudina del grupo sobre el individuo.

Por alguna razón, desde que fuera formulado, creo que por los escolásticos en la Edad Media, el principio del bien común ha sido y seguirá siendo una de las coartadas intelectuales más recurrentes para la inmolación de la libertad humana. En cualquier caso, y esto es probablemente lo que más hay que reseñar de la naturaleza última de este tipo de poder (y yo diría que de todo poder), es la faceta irracional, emocional del ser humano la que juega el papel cohesionador imprescindible. Más allá de cualquier argumento, el triunfo del movimiento denominado “la Ola” y de cualquier otro movimiento político de carácter más o menos autocrático está directamente relacionado con el instinto tribal más primitivo del ser humano que, lejos de ser un llanero solitario que decide asociarse y fundar el cuerpo político para la defensa de sus derechos (teoría política clásica compartida por numerosos autores con distintas variantes) es un ser más bien frágil; necesitado del grupo; arropado y disculpado por la masa inconsciente y ciega, y que encuentra, en última instancia, su más profundo sentido vital en los demás, en el grupo, en la tribu.

Es por ello que cualquier discurso político bien comunicado, especialmente a niveles subconscientes, que apele a lo colectivo tiene tanta fuerza y lo que ha hecho que el motor de reacción de la historia fuera el colectivismo, en sus distintas variantes religiosas y/o políticas, y que ahora parece revestir, bajo la forma del Estado del Bienestar, un aspecto más benigno, pero no potencialmente menos opresivo de las libertades individuales que algunos testarudos heterodoxos se empeñan, nos empeñamos, en defender, frente a la monolítica sociedad del colectivismo. La pluralidad de una sociedad es intrínsecamente buena para el desenvolvimiento de las libertades. Esta clásica lección que ya extrajimos hace tiempo del conocido “Sobre la libertad” milleano está más presente que nunca en esta película. No cabe duda de que la libertad no es fácil ni sale gratis, otra lección que aprendemos en la película, pero antes que caer en la tentación del líder único y fuerte, en el ideal de la planificación, siempre debemos recordar que es mejor equivocarnos por nuestra cuenta que pagar en carne propia los errores ajenos.


Trailer:

lunes, 27 de diciembre de 2010

El asalto final de Hugo Chávez

Toda sociedad en la cual no esté establecida la garantía de los derechos, ni determinada la separación de los poderes, carece de Constitución.

Ya lo ha conseguido, Hugo Chávez es ya, oficialmente, dictador desde el 17 de diciembre, cuando la Asamblea Nacional aprobó una Ley Habilitante por la cual el Presidente de la República Bolivariana tendrá plenos poderes para legislar por decreto-ley en diversos asuntos de carácter muy amplio y que le van a permitir de facto poder prescindir del Parlamento durante 18 meses, el tiempo que queda para las próximas elecciones presidenciales. Venezuela vivía ya, de hecho, en una situación muy comprometida, con un parlamento mayoritariamente oficialista, un poder judicial sometido y un gobierno que domina todas las televisiones y buena parte de la economía nacional, el país había dejado hacía tiempo de ser una democracia burguesa, esa que tanto odia Chávez, para convertirse en un régimen socialista.

En septiembre, las elecciones legislativas venezolanas mostraron al mundo como hay países donde la oposición puede ganar en votos y perder en escaños (¡¿52 % de los votos = 39 % escaños?!). A pesar de ello, Hugo Chávez vio algo mermada su mayoría: ya no podría aprobar leyes orgánicas. Es por ello, que ha tenido tanta urgencia en seguir cercenando la libertad de los venezolanos antes de la apertura de la nueva Asamblea Nacional y ha conseguido, entre otras cosas, aprobar una ley que restringe las libertades en materia de telecomunicaciones y, como no, su ley estrella: la Ley Habilitante. ¿Cuál ha sido la excusa elegida esta vez por el dictador para darse poderes absolutos? ¡Unas inundaciones! Lo que en España se habría quedado en un Real Decreto-ley declarando una zona catastrófica y, posiblemente, en una intervención de la Unidad Militar de Emergencias, es en Venezuela un pretexto suficiente para dar barra libre al gobierno para legislar durante año y medio.

Por otra parte, la historia nos muestra que los dictadores tienen cada vez menos vergüenza: que haga falta una dictadura por unas inundaciones, ¿cómo puede colar eso? Lo que demuestra esto es que Hugo Chávez ha respetado el parlamento en la medida en que era suyo, es decir, que en ningún momento tenía intención de respetar los resultados de las elecciones ni tan siquiera amañadas por su sistema electoral en la medida en que le fueran desfavorables. Ahora es cuando se descubre, si es que alguien aún no lo había hecho ya, el cinismo y la falsedad de este déspota sin escrúpulos que dice pensar en el pueblo mientras le priva de su libertad y lo condena a la miseria.

Y, por si fuera poco, se permite el lujo de dárselas de víctima, de ponerse en el punto de mira y de compartir con su auditorio, al que compadezco, aparentes joyas de una literatura prohibida ¡porque tememos sus ideas! No, Sr. Chávez, no somos nosotros los que tememos sus ideas, es usted el que teme las de los demás y si no, ¿por qué necesita darse poderes absolutos? ¿No será, tal vez, que necesite la fuerza a falta de convicción?




Chávez se hace con el poder absoluto
El País. 26 de diciembre 2010.

sábado, 25 de diciembre de 2010

martes, 21 de diciembre de 2010

REDES: "Magia y neurociencia en red"

En Magia y neurociencia en red, Eduardo Punset aborda de la mano de Susana Martínez-Conde, del Laboratorio de Neurociencia Visual del Instituto Neurológico Barrows (Phoenix, Arizona), la relación entre los trucos de magia y la neurociencia, o cómo engañar a nuestro cerebro aprovechándose de sus mecanismos para fijar la atención.

Redes (13/06/10): Magia y neurociencia en red


sábado, 18 de diciembre de 2010

Madrid


Enclavada en el centro de la península, capital política y económica española, Madrid es una ciudad de paso, pero también una ciudad donde quedarse y eso es lo que la hace particularmente atractiva. Su principal foco de atracción reside en la pluralidad de su sociedad, en Madrid todo el mundo es a la vez un tanto madrileño y un tanto foráneo. Quien no ha vivido hasta su juventud en Asturias, Andalucía, Castilla y León, la Rioja o Extremadura tiene familia, al menos por los padres o los abuelos, fuera de Madrid y algún pretexto para irse de la ciudad en verano y otras ocasiones festivas.

El madrileño tiene fama de chulo: es cierto. Como todo, hay algunos madrileños que responden al estereotipo. Quizás, algunos, si no chulos, pecan de la inocente arrogancia que otorga vivir en la mejor ciudad de España. Pueden permitírselo, más por ignorancia que por prepotencia. En ocasiones les oyes hablar de las deficiencias de otros lugares, pero ¡cómo no se van a quejar! Los que somos de fuera, aun de grandes ciudades, sabemos perfectamente que Madrid tiene una salud pública buena, unos transportes públicos que ya quisieran en el resto de España (y en muchas grandes ciudades del mundo) y, más aún, una oferta cultural al primer nivel de capital europea. El único defecto de Madrid son las “grandes” distancias, que en términos relativos no son tales, y los precios, especialmente de la vivienda, que no es más que la réplica madrileña de un problema nacional de difícil solución.

Pero pasemos a la gente. Madrid es una maqueta a pequeña escala de toda España. Si quieres tener una buena radiografía de ciudades incluso que no conoces, puedes hacerlo porque conocerás de cerca a gente de casi todo el país y ellos te darán una perspectiva mucho más fidedigna que una visita turística tradicional. Toda esa gente trasluce después de todo la idiosincrasia de sus lugares de procedencia. Por lo que respecta a los madrileños, son tremendamente abiertos. A pesar de lo que piensen muchos foráneos, un madrileño es, por lo general, mucho más abierto que cualquier ciudadano equiparable de provincias. La razón es obvia. Por mucho que un madrileño se haya empeñado en vivir cerrado en su burbuja exclusivamente, por mucho que haya huido de todo lo “extraño” a su entorno tradicional, el cosmopolitismo habrá ido a él, para él lo tradicional es el cosmopolitismo puro, especialmente en las generaciones jóvenes que conocen ese Madrid no ya lleno de “provincianos” sino también de todo tipo de ciudadanos del mundo de todas las razas y culturas. Es verdad que a muchos de ellos sólo los verá en el Metro y apenas sí tendrá conocimiento de la menor circunstancia personal, pero tratará con algunos antes o después y, en cualquier caso, su simple vista le será familiar. Por suerte, en la España presente ver a un extranjero ha dejado de ser algo “exótico”.

Aunque, sin duda, lo mejor de Madrid es que no es unívoca sino, más bien, plural y polimorfa. Hay muchos “madriles”, muchos ambientes diferenciados y doy por seguro que cualquiera que vaya allí encontrará su Madrid particular. No se trata sólo de salir de fiesta, lo cual puede hacerse cualquier día de la semana y a casi cualquier hora del día siempre que tengas gente y algo de dinero, sino de todo lo demás: trabajo, estudios. Aquél entorno que busques, lo que sea acorde con tus intereses seguramente estará allí. Pero, no nos engañemos, en Madrid hay de todo y conviven en una singular armonía desde los “anarcas” que “okupan” viviendas vacías hasta la cerrada clase medio-alta del barrio de Salamanca, siempre tan bien vestida, siempre de aspecto distante, pero de trato cordial. Algo que agradeceré siempre de los madrileños es la natural amabilidad con la que puedes tratarles sin que pretendan saberlo todo sobre ti. La afabilidad, que en algunos sitios es fatalmente confundida con la invasión de la intimidad, adquiere en Madrid un nuevo significado.

Por otro lado, la sociedad madrileña no deja de ser generalmente tradicional. Pero, lejos de lo que pueda parecer, un conservador madrileño es, en realidad, más abierto que un “progresista” provinciano. El conservadurismo en Madrid es más bien la pose de quien quiere mostrarse no engañado por la “progresía” que desgobierna otras comunidades autónomas, pero que es, a la postre, más abierto y respetuoso que la media de la población en otros lugares. Seguramente sólo Barcelona podría competir en este sentido con Madrid y es algo que no he tenido el placer de comprobar personalmente. Como comentaba con una familiar y amiga mía, Madrid es una ciudad donde descubrirse. Madrid tiene la virtud de facilitar a la persona el despliegue de todo su potencial para poder así volar hacia sus sueños. ¿Quién no ha vivido en Madrid y no se ha enamorado de ella?

martes, 14 de diciembre de 2010

Discurso de Mario Vargas Llosa por el Nobel

Hace unos días pude disfrutar, no sin cierto retraso, del discurso dado por el Premio Nobel de Literatura de este año, Mario Vargas Llosa, y no quería dejar pasar la oportunidad de compartirlo con vosotros porque es un discurso brillante no exento de momentos muy emotivos.

Esencialmente, se trata de un elogio de la literatura, de la necesidad de la ficción, de la ficción como motor de progreso de la humanidad, pero, también, como arma contra la "insuficiencia" de la vida y, yo diría, contra sus sinsabores. Es un elogio de la democracia y de la libertad, no sin un paseo por el recorrido ideológico y vital del escritor. En su juventud fue marxista –reconoce–, pero luego las desilusiones y algunas buenas influencias intelectuales como Isaiah Berlin o Karl Popper, le hicieron volverse liberal. Pero en definitiva lo más fructífero del discurso reside en la extraordinaria sensibilidad del escritor que destaca la capacidad de la literatura para llegar por igual a todos los seres humanos, su capacidad de traspasar las barreras de los prejuicios, las nacionalidades, las religiones y demás muros que nos separan o que algunos tratan de construir para separarnos.

Para Vargas Llosa la literatura no es un medio de vida. Claro que es su profesión y que disfruta de una posición acomodada por ella, pero para él es ante todo una forma de vivir porque probablemente sin ella, tampoco sin su mujer, no pudiera haber seguido adelante. Y es así como nos lleva a su pérdida del paraíso de la infancia y a la ficción como un refugio. “Mario, tú sólo sirves para escribir” –dice el Nobel citando a su mujer. "¡Menos mal que ha podido dedicarse a ello!" –pensamos los demás con alivio.









sábado, 11 de diciembre de 2010

El antifranquismo en el siglo XXI

Hace unas semanas leí con sorpresa y alegría un par de tweets de mi amigo Israel que decían lo siguiente:

No sé quien es más anafalbeto, el que se cree franquista o el que se cree antifranquista sin haberlo vivido.
Ser antifranquista en el 2010 es como ser anticarlista, esas épocas pasaron, es bueno conocerlas pero no creer que se vive allí.

[1] Todo ello coincidió en plena polémica sobre el Valle de los Caídos, sobre la que yo mismo publiqué y, por la postura que yo sostengo, creo que puedo sentirme identificado entre los analfabetos antifranquistas del 2010. De modo que me alegrará mucho explicar por qué creo que esos dos tweets están en un error (y así de paso mi amigo y yo nos entretenemos un poco). En primer lugar, me resulta curioso como para buena parte de la derecha española no tiene sentido ser antifranquista ahora, pero sí tiene sentido ser antiestalinista, por ejemplo, o sí tiene sentido publicar artículos en Libertad Digital recordando las masacres de Pol Pot y otros déspotas comunistas. Es curioso que tenga sentido ser "antidictaduras comunistas" del pasado, pero sea absurdo ser "antidictaduras conservadoras/militares/eclesiásticas" del pasado. Según uno se oponga a una dictadura u otra se es analfabeto o no y pasar página tiene sentido con unas dictaduras, pero no con otras. ¡Es muy divertido! Parece que el baremo que se aplica tiene algunos fallos.

Una vez sentados estos hechos curiosos de la prensa liberal-conservadora, voy a explicar por qué sí tiene sentido ser antifranquista, ser antipolpot, ser antiestalinista, ser antinazi o antifascista en el 2010. Es muy sencillo, ser demócrata nos lleva inevitablemente a considerar una aberración cualquier forma de gobierno basada en la tiranía y no en el Estado de Derecho y el sufragio. Y es que muchos encuentran argumentos para rebajar el nivel de exigencia política en ese sentido. Argumentos como, por ejemplo, “no podemos juzgar con la mentalidad del presente hechos del pasado”. O, del tipo, “es que dadas las circunstancias”. En el fondo, el débil y ecléctico pragmatismo que coquetea con dictadores de tiempos pretéritos no deja de ser una muestra de falta de convicciones democráticas. Porque sí, es muy fácil ser antifranquista ahora y mucho más fácil aún ser antiestalinista ahora que Stalin es un mal recuerdo y sí, probablemente la mayoría seríamos unos cobardes incapaces de enfrentar unos poderes opresivos de esas características. Es algo para lo que, por suerte, no hemos sido probados todavía por las circunstancias. Pero he aquí el sentido de ser antifranquista ahora. Si queremos que eso no se vuelva a repetir, tenemos que dejar sentados firmemente nuestras convicciones democráticas y buena parte de eso consiste en deslegitimar regímenes totalitarios del pasado. Porque sí, fueran las circunstancias que fueran, es mucho más fácil encontrar pretextos para dictaduras también en el presente si sabemos encontrarlos en el pasado. Lo que debemos hacer, por contra, es ver qué argumentos emplearon en el pasado aquellos que permitieron el ascenso de las dictaduras y rebatirlos. Eso, claro está, siempre que consideremos que una dictadura es intrínsecamente un mal y que merece ser combatida sea cuales sean las circunstancias. La cuestión es ¿de verdad creemos que todas las dictaduras son un mal o, por contra, creemos que algunas son o pudieron ser un mal necesario?

[1] He considerado los tweets de Israel como un pretexto para rebatir posturas que considero generalizadas en cierto sector de la derecha española. La postura personal de Israel, más allá de lo que dicen los tweets, podrá aclararla en un comentario.

Israelem. Eclosion Liberal

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Wikileaks


El secreto diplomático y el secreto de Estado es un gran invento por el cual los gobiernos pueden hacer todo tipo de fechorías y artimañas que seguramente la opinión pública desaprobaría, pero que “las circunstancias” mandan. Digamos que es una suerte de coartada intelectual y jurídica para que la acción del Estado quede en una cómoda sombra, oculta a los inocentes ojos de unos ciudadanos que no están preparados para saber toda la verdad por lo aterradora que es. Y no faltará quien diga que el bien común y los intereses nacionales necesitan esa discreción y, por qué no, esa discrecionalidad: “¡qué el Estado haga lo que quiera!” Es la consigna. Entonces llega Wikileaks y filtra cientos de miles de documentos que muestran a plena luz del día los entresijos de la diplomacia norteamericana y, con ella, muchos asuntos domésticos de multitud de países, entre ellos, España.

Algunos, insisto, dirán que esto no se puede consentir y que las filtraciones son un problema para la seguridad y los intereses nacionales. Vendrán con argumentos pragmáticos justificando la opacidad en la actuación del Estado. Sin embargo, todas estas revelaciones son un servicio fundamental y el papel que juega Wikileaks en todo esto es clave. Tan clave como otras tantas filtraciones históricas que han destapado escándalos como el Watergate. Y es que el Estado, a diferencia de un particular, tiene que estar sometido al escrutinio público en su actuación, especialmente en aquellos asuntos que conciernan a la opinión pública por su interés político y, en algunos casos, incluso jurídico.

En este contexto, Wikileaks es uno de esos fenómenos entrañables de este periodo de la era digital que lamento que pronto veremos con nostalgia: esa época en la que Internet era lento, pero aún era libre. Y es que los distintos gobiernos occidentales ya se han puesto manos a la obra en algo que era más que previsible: silenciar a Wikileaks. Y todo ello por una sencilla razón, lo que Wikileaks ofrece es demasiado bueno para saberse. Si alguien pensaba que las democracias occidentales son paraísos de la libertad, se equivoca. Los Estados democráticos toleran las discrepancias políticas y culturales al uso, pero no están dispuestos a permitir que sus actuaciones sean tan transparentes. Después de todo, también la democracia tiene sus tabúes.

El País. 3 de diciembre 2010.

lunes, 6 de diciembre de 2010

La reforma constitucional


Una de las “maldiciones” de este país es que nunca hemos conseguido reformar una constitución. Siempre hemos hecho una constitución de nueva planta sin respetar los procedimientos de la anterior y las hemos hecho, con carácter general, de forma partidaria, de ahí la inestabilidad que han padecido siempre. Quizás haya dos excepciones notables, dos casos de consenso, la Constitución de la restauración monárquica de 1876 [1] y, poco después de un siglo, la Constitución de la instauración monárquica de 1978.

A pesar de tener siempre ese defecto, nunca nos hemos desanimado para poner rígidos artículos de reforma constitucional. Siempre que hemos hecho una constitución hemos pensado, cuando menos, que iba a durar mucho si no, eternamente. Lo que nunca pensaban los constituyentes era que una constitución rígida es una hipoteca para el futuro político de un país. La tradición anglosajona, más al contrario, se basa en la flexibilidad. En EEUU, por ejemplo, las primeras enmiendas se añadieron nada más aprobada la constitución porque muchos Estados condicionaron su aprobación a la inclusión de una lista de derechos, a pesar de que las constituciones estatales ya los protegían. Desde entonces, añadir enmiendas ha sido algo de lo más natural y aún conservan, salvo algunos cambios, la misma Constitución que elaboraron los padres fundadores. Sobre los ingleses, en fin, su constitución se basa en una serie de costumbres que hacen que el sistema sea mucho más estable que un texto emanado de un constituyente como el español que muchas veces gozaba de un poder precario.

Nuestro principal problema ha sido que el constituyente buscaba hacer política con la constitución, imponer así un programa político y blindarlo, pero una constitución, por contra, debe ser un texto que permita diversos, incluso contradictorios, programas de gobierno. Ése no es el problema de nuestra actual Constitución. De hecho, se ha mostrado tan flexible en su aplicación como parece ser a simple vista y en esa flexibilidad ha residido su estabilidad, salvo en un aspecto: su reforma. Reformar esta Constitución es tan difícil como lo ha sido siempre en España. Los núcleos duros exigen una mayoría parlamentaria amplísima antes y después de aprobada la reforma además de unas elecciones en medio y un referéndum. Siendo realistas, las probabilidades de que esta Constitución se reforme sustancialmente son muy bajas.

La finalidad de tanta rigidez está clara: evitar que las reformas esenciales se elaboren sin consenso, pero esto, que es tan razonable, es absurdo imponérselo al constituyente del futuro porque, en el fondo, como demuestra la historia, ni la más sensata de las constituciones tiene nada que hacer con un constituyente futuro tozudo y partidario. Sin embargo, una forma inevitable de que se deteriore la vida política es tener una constitución irreformable como la nuestra porque, al final, los errores del constituyente son incorregibles salvo, claro está, con una constitución de nuevo cuño.

Pero el lector se preguntará: ¿si puede haber consenso para una constitución nueva por qué, entonces, no va a haber consenso para una reforma de una constitución rígida? El motivo es sencillo. En una constitución rígida, quien tiene el mayor poder negociador es el sector inmovilista que con tan sólo un 34 % de los escaños ya puede bloquear cualquier posibilidad de reforma. Así, bajo la bienintencionada búsqueda de una reforma consensuada se consigue, en la práctica, que no haya reforma alguna. Por contra, en un nuevo proceso constituyente, quien tiene menor poder negociador es precisamente el sector inmovilista ya que, si se opone a todo, puede acabar desapareciendo como fuerza política en el nuevo régimen si éste funciona. De forma que, paradójicamente, la mejor forma de que haya consenso es que no haya obligación legal alguna de que este consenso exista. Y así sucedió en la transición. Todos tenían muchas esperanzas de que el nuevo régimen durase, de que fuera estable, nadie tenía obligación legal de pactar, pero todos buscaron el consenso porque no querían dar la impresión a la sociedad española de que se quedaban al margen. Todos, claro, salvo Alianza Popular y el PNV. De hecho, AP pagó muy cara esa deslealtad hacia las nuevas instituciones democráticas y no fue hasta 1996 cuando lograron ganar unas elecciones después de haber hecho un completo cambio de cara, de haber absorbido a la UCD y de haberle cambiado el nombre al partido. Fraga seguía mandando en la sombra, pero él ya nunca llegaría a la Moncloa.

En la actualidad, hay varios aspectos importantes sobre los que abordar una reforma constitucional. En primer lugar, la reforma de la corona, un tema intocable ya que muchos temen que se abra la veda de la República, esa bestia negra de muchos, que aún piensan que el fracaso de la democracia en los años treinta se debió a la forma de gobierno republicana y no a la ineptitud de una clase política inoperante, a la situación de grave crisis internacional, a unas minorías políticas radicalizadas y a unos militares cainitas. En segundo lugar, la reforma del sistema territorial para adoptar una forma federal cooperativa que frenaría en seco a los nacionalistas, pero que tanto teme otro sector importante de la política española que ve en la forma federal la desmembración de España. En tercer lugar, la reforma del sistema electoral que, aunque puede hacerse a través de ley orgánica debería ir acompañada de un cambio en la estructura del poder legislativo para convertir el Senado en una cámara de representación de los gobiernos estatales con potestad legislativa única y exclusivamente en aquellos aspectos de competencia compartida. Finalmente, la reforma del sistema judicial, otra reforma que puede hacerse por ley orgánica, pero cuyos elementos esenciales deberían tener rango constitucional, por ejemplo, el nombramiento de los magistrados del Tribunal Constitucional o la formación y las facultades del CGPJ. Todo ello para hacer el sistema más transparente y democrático.

Sin embargo, todas estas reformas que propongo y que creo que son necesarias son un tema tabú. En la coyuntura actual, nadie está dispuesto a emprender una reforma de ese calado. En primer lugar, porque nadie tiene la capacidad para impulsar el proceso habida cuenta de las restricciones que impone el proceso agravado de reforma. En segundo lugar, ni siquiera hay consenso sobre cómo debe ser el Estado en el marco de la actual constitución ¿cómo va a haber consenso para aprobar una estructura federal? Y, en fin, sobre los demás aspectos, tocan tantos intereses del “status quo” que es prácticamente imposible que se plantee si quiera su reforma. Pero el problema de fondo es que no hay una opinión pública mayoritariamente volcada en una reforma de estas características. En este tipo de situaciones, los que ganan son los pragmáticos: ¿a quién le interesa tocar el edificio si más o menos se tiene en pie y funciona? El problema vendrá cuando los problemas se hayan enquistado de tal forma que sea imposible abordar su solución sin un cambio de régimen y, en ese sentido, hay varios aspectos que pueden deteriorar mucho la vida pública, principalmente, la cuestión electoral y el sistema territorial. ¿Cuándo será el pueblo español lo suficientemente maduro como para afrontar estos temas sin complejos ni castellanismos absurdos?

[1] Fe de erratas: la Constitución de la restauración monárquica no se promulgó en 1874, que es cuando se alumbra el nuevo régimen sino en 1876.

sábado, 4 de diciembre de 2010

DESAYUNO EN TIFFANY'S


Truman Capote
Anagrama. Colección compactos.
97 páginas.

A menudo se ha dicho que esta breve novela es suficiente para consagrar a un autor, aunque Truman Capote no sólo destacó por ella. Desayuno en Tiffany's es la historia de una joven, Holly Golihgtly, contada desde la perspectiva de un vecino suyo, escritor de poco éxito y amante platónico. El estilo, lleno de vivacidad, nos trasporta a la provisionalidad y a la precariedad del devenir de la protagonista que, de vida desconocida y aparentemente heterodoxa, se deja seducir por la noche neoyorkina y el dinero fácil de un capo de la mafia al que visita semanalmente en la cárcel. La independencia, pero también la fragilidad se palpan en una existencia, la de Holly, que, construida sobre el exilio de un pasado difícil, parece no tener un futuro claro, sin que el desenlace parezca sorprendente. El desayuno en Tiffany's no es más que el anhelo de una vida de glamour que, si fue, no tuvo nada de glamurosa y que, en cualquier caso, ya nunca será. Después de todo, aquello no era más que un espejismo, el vano deseo de quien no sabe qué rumbo dar a su vida.

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