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sábado, 2 de julio de 2011

HOMENAJE A CATALUÑA (HOMENAGE TO CATALONIA, 1938)

George Orwell
Editorial Virus.
275 páginas.

George Orwell conoció España muy bien, para lo cual le bastaron tan sólo seis meses durante la guerra civil. Llegó en diciembre de 1937 a una Barcelona aún dominada por los anarquistas y el POUM [1] para ejercer de periodista, pero sus convicciones le llevaron a alistarse en las milicias, en la división 29. Homenaje a Cataluña es el relato sincero de sus vivencias durante su estancia en España, no sólo de sus tres meses como miliciano sino también de sus avatares en la capital catalana, de los sucesos de mayo del 37, de su regreso al frente de Aragón, de su convalecencia tras la herida de bala que sufrió en la garganta y, finalmente, de su periplo para huir de un país que estaba viviendo una de las peores purgas imaginables.

Durante su intensa estancia tuvo tiempo para percatarse de muchas cosas, no sólo del carácter de los españoles, de los que habla muy bien, sino también de las rencillas políticas en la retaguardia republicana, de las que nos habla en los dos apéndices que siguen al libro. Y es que, además de brindarnos un testimonio excepcional de las condiciones de lucha de las milicias y de la situación en Cataluña y el frente de Aragón, nos sumerge en el relato final de la obra en unos acontecimientos que han pasado desapercibidos para muchos y, nos permite ver, desde una perspectiva más amplia, otro enfoque de la guerra española, a menudo tan simplificada.

Las conclusiones son, sin duda, interesantísimas; el estilo, fluido, pero es la honestidad del testigo presencial lo que más nos transmite, especialmente su sinceridad para advertirnos de su parcialidad y sus posibles errores, pese a lo cual, se nos semeja un relato sumamente verosímil. Quizás contenga errores accidentales o la visión parcial de quien busca transmitir lo que vio directamente. Aunque, más allá de todo eso, son sus análisis lo que marca la diferencia.
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[1] Partido Obrero de Unificación Marxista, partido marxista heterodoxo, ajeno a la Internacional y al Stalinismo.

martes, 17 de mayo de 2011

DIOS Y EL ESTADO (1871)

Mijail Bakunin
Editorial El Viejo Topo.
200 páginas.

Toda autoridad temporal o humana procede directamente de la autoridad espiritual o divina. Pero la autoridad es la negación de la libertad. Dios, o más bien la ficción de dios, es, pues, la consagración y la causa intelectual y moral de toda esclavitud sobre la tierra, y la libertad de los hombres no será completa más que cuando hayan aniquilado completamente la ficción nefanda de un amo celeste.

Una de las más importantes obras libertarias jamás escrita es "Dios y el Estado", de Mijail Bakunin que no tiene otro objeto más que desmontar de una vez y para siempre los mecanismos de poder para someter al ser humano, mecanismos que siempre tienen detrás el principio de autoridad y que suelen ser, por un lado, la religión y, por otro, el Estado. Sin embargo, no se trata en absoluto de un “ataque gratuito” a unas convicciones religiosas sino del detallado desgranamiento de una tesis materialista contra la impostura de las servidumbres que se nos imponen desde lo desconocido. El autor, con todo su amplio conocimiento de filosofía, no sólo arremete contra los cimientos mismos de la religión, incluyendo el cristianismo, sino que desactiva los resortes de la filosofía idealista, peligroso apoyo intelectual de la religión y elemento clave en la configuración del principio de autoridad. Platón, Voltaire, Rousseau... No son pocos los que salen mal parados de esas páginas para que al final quede una conclusión elemental: la moral y toda la filosofía idealista; la religión misma y el Estado son los esbirros de la humanidad. Ni siquiera la sociedad se salva. Frente a todo eso sólo cabe una salida: la libertad. Romper definitivamente las viejas cadenas y ser libre.

En todos estos casos, para la humanización misma del individuo, su rebelión contra la sociedad que lo ha visto nacer se hace indispensable.

Y no será porque Mijail Bakunin no fuera un hombre de acción. Él mismo supo romper con todo su “ser social” en tanto que miembro de una familia acomodada de la Rusia zarista. Nada más lejos de realizar el destino que su posición social le tenía deparado, Bakunin se marchó de Rusia y tuvo una vida intensa como pensador y, especialmente, actor libertario. Apenas sí pudo escribir obras extensas de seguido y ésta, junto con Estatismo y anarquía, es la obra más completa y acabada que de él se conserva.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Benjamin Tucker. Socialismo de Estado y anarquismo: en qué coinciden y en qué difieren


Estados Unidos tiene una importante tradición anarquista, especialmente de la que ha sido denominada anarcoindividualismo o anarquismo filosófico y que cuenta en el anarcocapitalismo (Rothbard principalmente) una de sus tendencias contemporáneas de mayor importancia. La mayor parte de esa tradición se fraguó en el siglo XIX con pensadores como Spooner, Thoreau, Godwin, Spencer o Stirner. Benjamin Tucker puede contarse entre ellos como un seguidor de la corriente iniciada por Pierre-Joseph Proudhon en Francia conocida como mutualismo y que basa sus premisas en la teoría del valor trabajo.

El texto que traigo hoy se refiere a las diferencias entre el socialismo autoritario, lo que conocemos simplemente como socialismo o comunismo, y el anarquismo. Supone una interesante aproximación a los postulados de la corriente mutualista, que hunde sus raíces en ciertos postulados de Adam Smith, y deja bien claras las diferencias entre los postulados libertarios de esta postura auspiciada por Proudhon, Warren o Tucker y las posiciones autoritarias de Karl Marx.

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sábado, 4 de septiembre de 2010

DESOBEDIENCIA CIVIL Y OTROS ESCRITOS


Henry D. Thoreau
Tecnos
111 páginas.

Henry D. Thoreau vivió en Estados Unidos entre los años 1817 y 1862. Si algo cabe decir de él es que era thoreauniano y nada más; un molesto tabarrón que aguijoneaba la conciencia de sus coetáneos estadounidenses.

La edición que recomiendo incluye cuatro ensayos: Una vida sin principios, La desobediencia civil, La esclavitud en Massachusetts y Apología del capitán John Brown. Estos cuatro ensayos están unidos por un hilo conductor común: sólo la conciencia es criterio de moralidad y de justicia, no la legalidad. Las leyes pueden ser injustas. Basándose en esta premisa puramente iusnaturalista, pero, también, profundamente individualista, ataca vigorosamente la institución más abyecta que aún contaminaba el buen nombre de la democracia norteamericana: la esclavitud. A ella van dedicados los dos últimos ensayos que se publican en esta magnífica edición.

Pero Thoreau no era tan sólo un incómodo charlatán. Causó más de un problema a algún funcionario del gobierno. Su desafección con el Estado federal y con su Estado natal era patente y así lo dejaba por escrito. No quería saber nada de su gobierno ni que su gobierno se ocupara ni preocupara de él. En una ocasión pasó una noche en el calabozo por no pagar los impuestos. Con él se inicia toda una tradición de desobediencia civil pacífica, la resistencia no violenta como fruto de la desafección frente a un Estado que percibe como injusto, como enemigo de la justicia, como protector del orden de los terratenientes esclavistas, enemigos de la libertad por la que ese país había luchado a finales del siglo XVIII. El hondo individualismo de Thoreau, su profundo sentido moral, su capacidad de resistencia incluso frente al poder de una mayoría que tolera sino apoya la injusticia es todo un ejemplo no ya de antiestatismo si no de un anticolectivismo ejemplar del que nos queda mucho por aprender en un tiempo y un escenario, Europa, en el que todo lo anega el Estado.

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martes, 6 de julio de 2010

Roig i Negre (Rojo y Negro), 2006

El documental Roig i Negre (Rojo y Negro), de Dolors Genovès, 2006, fue emitido por la televisión catalana TV3 y narra el transcurso de un episodio muy particular y a menudo muy ignorado de la Guerra Civil española: la revolución anarquista de Cataluña.

En 1936, después de que se produjera el golpe de Estado de los militares reaccionarios, los anarquistas de la CNT y la FAI, que ya estaban preparados, abortaron el golpe en Cataluña, especialmente en Barcelona. Después de unos momentos iniciales de lucha y caos, una vez tenían controlada la situación, los anarquistas eran, paradójicamente, los amos de la situación. Fue así como se inició un experimento social sin precedentes: una revolución anarquista, la única que ha habido jamás. La experiencia estuvo, no obstante, muy condicionada por los acontecimientos. Sin dejar de lado la revolución, los anarquistas tuvieron que centrarse en la guerra. Cataluña salió al rescate de Aragón. La columna Durruti y otras columnas de milicianos anarquistas y poumistas se dirigieron al frente. Zaragoza, por desgracia, no pudo ser rescatada: las noticias que llegaban de la represalia franquista eran desoladoras. En la retaguardia anarquista, tampoco era oro todo lo que relucía. Tras un mes de represión, el clima se calmó. Los líderes llamaron al cese de los asesinatos políticos. Toda la organización social y económica, sin embargo, se vió absolutamente cambiada. Las fábricas eran autogestionadas por los empleados, el campo fue dividido y asignado bien a campesinos individualmente o bien a campesinos agrupados colectivamente... Sin embargo, las tornas se cambiaron cuando la URSS fue el único apoyo serio a la República. Stalin no estaba dispuesto a ver el triunfo de una revolución socialista antiautoritaria que cuestionara el modelo marxista de Estado socialista con partido único. Así las cosas, en julio de 1937, los comunistas ya eran lo suficientemente fuertes en Cataluña como para imprimir una huella autoritaria a la revolución y a la dirección de la guerra. El PSUC se había impuesto. El nuevo gobierno de la Generalitat estaba constituido y era operativo. La represión no tardó en llegar. Antes de ocuparse de la propia guerra, los comunistas del PSUC impusieron el orden totalitario tan del gusto del marxismo. Los anarquistas que quedaban se defendieron. Acabaron a tiros. De un lado, el último reducto de la CNT, la FAI y el POUM. Del otro, el gobierno, la Generalitat y los comunistas (básicamente la guardia de asalto). La revolución anarquista se había terminado, los que quedaron fueron a parar a cárceles y campos de concentración. La primera gran represión bien organizada no la conocerían del franquismo sino de los socialistas (PSOE) y los comunistas del gobierno (PCE y PSUC).

martes, 8 de junio de 2010

Carta de Mijail Bakunin a la redacción del periódico "La Liberté"


El 5 de octubre de 1872, en Zurich, Mijail Bakunin firma su carta de definitiva ruptura con la Internacional o, mejor dicho, de despedida ya que irse no se fue, lo echó Karl Marx en un congreso más que cuestionable. La carta resulta de gran interés porque es uno de esos "textos vivos" que condensan la historia del movimiento obrero. Mijail Bakunin, uno de los máximos exponentes de la corriente anarquista en el siglo XIX, tenía serias discrepancias con Karl Marx sobre el camino a seguir. Karl Marx, que representa el socialismo autoritario por excelencia, pretendía fortalecer al Estado más que nadie y eso, como comprenderéis, era inasumible por un anarquista, para el cual, el único fin deseable para el Estado es su extinción, ni siquiera su fortalecimiento momentaneo al servicio de la clase obrera. En esta carta, Bakunin pone de relieve todas estas contradicciones del marxismo y acusa a Marx, sin tapujos, de ser un ambicioso que sólo busca implantar su dictadura y ejecutar los peores deseos imperiales prusianos (finalmente sería Lenin el que alcanzaría ese ideal: escalofriante su capacidad predictiva). Una de las grandes delicias de leer a Mijail Bakunin, a pesar de todos los errores de enfoque que pueda cometer, es, sin duda, la genial crítica que hace a Karl Marx y al marxismo. Y es que su principal virtud es criticar, más que proponer; destruir, más que construir.

Carta a la redacción del periódico "La Liberté".