sábado, 19 de diciembre de 2009

Contestación al artículo de Manuel Pastor 'Notas sobre un coloquio en el círculo de Bellas Artes'

Lo prometido es deuda y el miércoles 11 de noviembre quedé en comentar un artículo de Manuel Pastor publicado en Libertad Digital sobre la mesa-coloquio del Pensamiento liberal en la actualidad que tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el pasado día 3 del mismo mes. Así y confiando que hayáis leído ese artículo, voy a citar y a comentar alguna de sus partes.

Comienzo con la siguiente cita de Manuel Pastor: “Irene Lozano, colaboradora de ABC, es una mujer joven con evidente talento, pero Vargas Llosa tuvo que matizar y corregir algunas de sus opiniones un poco excesivas o radicales acerca de la democracia liberal.”
Irene Lozano intervino para decir que la democracia española estaba secuestrada por lo partidos políticos y que, por ello, no tenía la impresión de estar verdaderamente en una democracia. Lo que yo entendí de sus palabras fue que los partidos actuales hacen imposible una verdadera representación de los ciudadanos. Sin embargo, Vargas Llosa, prevenido por la posible mala interpretación que podía hacerse de ese mensaje advirtió del peligro de pensar que la democracia es posible sin partidos políticos y que éstos son la causa de todos los males del sistema porque, añadió, que algunos políticos lo habían empleado para imponer sistemas autoritarios personalistas. A continuación, Irene Lozano se prestó a aclarar que su mensaje no había ido contra los partidos como institución, que ella cree necesaria, sino contra los partidos que actualmente monopolizan y, de hecho, impiden el acceso al poder de los ciudadanos. Luego no creo que se diera tal corrección sino tan sólo una aclaración.

Más adelante en su artículo, Manuel Pastor dice: “Tampoco nadie objetó nada a que Lozano mencionara como modelos liberales a John Stuart Mill en su etapa final, pese a que él mismo hablaba entonces de 'socialismo liberal'”.
Una vez más rezuma la animadversión que algunos liberales vestidos de conservadores destilan hacia este autor, que no tuvo tapujos en defender con una coherencia y una formación formidables el liberalismo político clásico, esto es, un liberalismo progresista, laico y que defiende un cierto, pero limitado papel del Estado, no su extinción, como haría un marxista o un anarquista. Resulta extraño que Manuel Pastor quiera negarle al Mill tardío el calificativo de liberal. Sería de agradecer que nos comentara con más detalle en qué aspectos concretos reniega de toda su obra anterior en la etapa última de su vida. Por lo demás, no entiendo que quiera negarle el apodo de liberal por lo que califica de obsesión de Mill por promover el aborto libre porque esto no se contradice con el liberalismo. Esa postura precisamente amplía las libertades de la mujer si bien a costa del derecho a la vida del no nacido. Todos los argumentos que se exponen contra el aborto no se basan en su beneficio para la libertad sino precisamente en una restricción de una libertad que se entiende desmedida en virtud de otras consideraciones morales.
En cualquier caso, ya se sabe que a muchos les cambia la cara cuando oyen hablar de progresismo y laicismo porque verdaderamente no creen en la libertad sino en la tradición y esperan la menor ocasión para salir en defensa de los símbolos religiosos en edificios públicos (siempre que sean sus símbolos, no los de los demás).

En el párrafo siguiente avanza diciendo: “José Varela dijo cosas correctas (referencias a Burke y a los Founding Fathers norteamericanos; responsabilidad del intervencionismo político en la crisis financiera mundial)”.
Efectivamente, José Varela parecía representar ese liberalismo arcaizante y encorsetado que aún conserva las orejeras y no ve más allá de los dos o tres asuntos clásicos que, si bien son imprescindibles, se muestran claramente insuficientes al tratar otros temas. De ahí creo que proviene la alabanza de Manuel Pastor que debió de sentir auténtica empatía con este personaje. Por otro lado, si bien le reprocha a sus intervenciones el “tono profesoral (prolijo y aburrido)”, yo las encontré de lo más interesante.

Seguidamente, después de elogiar a Savater, dice: “Savater no es exactamente un liberal, sino un libertario perteneciente al linaje de Voltaire y Nietzsche (conviene recordar que éste dedicó una de sus obras al primero, del que siempre fue admirador), excesivamente afrancesado y polimorfo. En un momento del coloquio llegó a proclamar, ante el regocijo de los asistentes, que él, cuando muera, no quiere ir al cielo, sino a Francia, cosa –pienso yo– que tiene bien fácil incluso en vida (aunque ahora parece que tiene dudas acerca de Sarkozy). Ese afrancesamiento le hace ser a veces un poco jacobino y muy anti-católico ("protección social y educación a cargo del Estado", "prohibición de la educación en casa", "fuera crucifijos de las aulas"), lo que se compadece muy poco no sólo con el auténtico liberalismo, sino con el libertarismo. En él vemos claramente a un representante de esa tradición ilustrada francesa, progresista, tan diferente de la escocesa-inglesa-americana, liberal-conservadora; esto es, a un volteriano más que a un tocquevilliano.”

Los que me conocen bien saben que me he revuelto en la silla al leer este párrafo. Una vez más el articulista se desenmascara: le reprocha a Savater su pertenencia al “linaje de Voltaire y Nietzsche” y que le haya dedicado al primero uno de sus libros. Tampoco muestra especial satisfacción con su “afrancesamiento” ni con el regocijo manifestado por el público ante sus jocosos "últimos deseos". Continúa diciendo: “Ese afrancesamiento le hace ser a veces un poco jacobino y muy anti-católico” y remata que representa a la tradición ilustrada francesa, progresista, que es más un volteriano que un tocquevilliano. ¡Vaya novedad! Pero aquí volvemos a ver lo de siempre. ¿A qué viene esa fascinación por lo anglosajón? No precisamente viene de su liberalismo sino más bien de su tradicionalismo porque los países del precedente vinculante han sido y son más lentos en adoptar cambios que permitan una mayor libertad de los individuos, si bien luego han estado más asentados, y, especialmente, porque la tradición anglosajona está hermanada con la religión y reñida con la laicidad del Estado. Lo mejor de la tradición francesa ilustrada es precisamente lo que más critica el articulista: su condena de la superstición, del oscurantismo y del fanatismo religioso así como su defensa de la tolerancia, que fue fundamental para implantar esa libertad religiosa en la que muchos aún no creen en occidente... Manuel Pastor no critica la excesiva burocratización de Francia, el intervencionismo de la República francesa en la economía, ¡no! Critica la tradición laicista republicana y, con ello, revela un tradicionalismo religioso que, parafraseándole, se compadece muy poco con la libertad.

Por último, sobre Vargas Llosa afirma: “Vargas Llosa comparó a los liberales con los trotskistas en su fatal tendencia al sectarismo y la disidencia. Detecté en Vargas Llosa una ligera alergia o temor a que se le identificara con los conservadores, pero él mismo reconoció su admiración por Margaret Thatcher. Hizo también alguna afirmación general excesiva, como que todo nacionalismo es un peligro y que siempre es mejor la peor de las democracias a una dictadura benevolente.”

No creo que la comparación con los trotskistas fuera un reproche a los liberales sino más bien un elogio por su parte porque creo que lo contrario, esto es, el liberalismo como una ideología uniforme y monolítica es lo que más le asusta. Por otro lado, Vargas Llosa no es conservador ni liberal-conservador sino simplemente liberal, de la tradición política clásica, y se ha desmarcado públicamente en muchas ocasiones, entre ellas, en la presentación del nacimiento de UPyD del conservadurismo que él no considera liberal. Por lo demás, la defensa que hizo Vargas Llosa de la democracia, además de ser cierta, es muy elogiosa porque, como demuestra el propio Manuel Pastor, para algunos la democracia no es un fin en sí misma sino un medio.

Sobre esto, dice en su párrafo final: “Creo que hay que diferenciar el nacionalismo liberal, integrador, de los nacionalismos étnico-culturales, excluyentes. Por otra parte, en teoría, es decir, en un sentido conceptual abstracto, es fácil ponerse siempre del lado de la democracia, pero la realidad es más compleja, y, en un sentido histórico concreto, por ejemplo, la dictadura constitucional de Lincoln ante la rebelión confederal fue necesaria para evitar males mayores”. Y continúa más adelante: “Para el liberalismo lo sustancial es la libertad –o las libertades–, y la democracia es lo adjetivo y procedimental; es decir, que no toda democracia vale: no vale, por ejemplo, la que destruye las libertades.”

Comparto parcialmente lo que Manuel Pastor aquí quiere reflejar, pero añadiría que para un liberal la democracia no es el gobierno de la mayoría sino el gobierno limitado de la mayoría y, por lo tanto, para un liberal es imposible que haya una democracia si una mayoría parlamentaria o un presidente nombrado en sufragio directo tienen poderes ilimitados, desproporcionados o incontrolados de los que se derivarían consecuentemente una restricción de la libertad. Si esto fuera así, estaríamos ante una dictadura de la mayoría y entonces ya sí sería discutible decidir, según el contexto histórico, si nos agrada más que el tirano sea el pueblo o que lo sea una facción o partido minoritario. Manuel Pastor, por contra, da a entender que puede haber democracias que sí restrinjan las libertades, es decir, dictaduras de la mayoría. A mí personalmente me desagradan todas las tiranías y entiendo que la única solución honorable en ese caso es la resistencia civil. Creo, por lo tanto, que lo que se ha dado en conocer como democracia liberal siempre es preferible a la mejor de las dictaduras y considero que éste era el sentido en el que hablaba Mario Vargas Llosa. Cualquier discurso de componenda con la dictadura es muy peligroso, especialmente en la medida en que ayuda a menoscabar la democracia que los liberales supuestamente estamos dados a defender sea el gobierno del color que sea.

Por otro lado, su defensa del nacionalismo liberal integrador me parece una contradicción en sus propios términos puesto que todo nacionalismo es "per se" excluyente. El hecho de que tenga un menor componente étnico o cultural no excluye que, finalmente, ese nacionalismo se salde con alguna restricción de la libertad, por ejemplo, de la libertad económica de comerciar libremente sin fronteras. Si para él es integrador el nacionalismo en virtud del cual los europeos y norteamericanos estamos protegiendo nuestras industrias y explotaciones agropecuarias de la libre competencia internacional, me temo que manejamos distintos significados acerca del adjetivo “integrador”.

Finalmente, vuelvo a destacar que el coloquio me pareció sumamente interesante y que ha sido un placer poder confrontar los puntos de vista de dos vertientes tan encontradas del liberalismo. Agradezco por ello a Manuel Pastor la publicación de su artículo.