martes, 18 de enero de 2011

El partido político como institución

La figura del partido político como grupo político que aglutina unos intereses determinados en orden a la representación en unas instituciones democráticas tiene larga historia. Como prácticamente todo lo que alude al gobierno representativo, sus comienzos son anglosajones. Primero, en Reino Unido y, después, en EEUU. Es, no obstante, en éste último donde el partido político toma desde tiempos más tempranos el carácter de movimiento de masas que es actualmente y ello no se debe tanto a que Gran Bretaña no contara con un buen sistema representativo sino a una cuestión demográfica. EEUU nació como un país de granjeros, pequeños propietarios en su mayoría, y, por tanto, como un país en el que el derecho de voto estaba más extendido (recuérdese que era el tiempo del sufragio censitario).

Si bien el bipartidismo norteaméricano actual data de finales del siglo XIX, ya antes de la Guerra de Secesión contaban los americanos con dos grandes partidos, aunque el Demócrata y el Whig jugaban unos roles diferentes a los de los actuales partidos Demócrata y Republicano. En cualquier caso, la idea anglosajona de partido político se viene desarrollando desde hace, al menos, trescientos años sino más y es, sin duda, el primer tipo de partido político que se conoce. En este sistema, el partido es un conjunto de corrientes entorno a una serie de intereses, poco dogmático, y con una importancia de las individualidades inusitada en los partidos políticos de tipo continental europeo. Aunque, quizás, para entender mejor cómo se conforma el sistema de partidos en EEUU concretamente, caso que conozco mejor, es fundamental hacer un repaso al sistema, al menos en lo que afecta a los partidos. En EEUU, el partido se vio como una herramienta imprescindible para el juego político a partir de la Guerra Revolucionaria. Con la entrada en vigor de la Constitución y el comienzo de mandato del primer Presidente, George Washington, allá por 1789, el quehacer de gobierno exige necesariamente que las divergencias se aglutinen en esos grupos, al comienzo informes e inestables, que acabarán siendo los partidos políticos. Las grandes figuras de la etapa revolucionaria pasan pues a aglutinar distintos sectores entorno a posturas comunes sobre la Unión Federal que se debe construir, sobre el papel del gobierno federal y sobre algunas políticas cohesionadoras concretas. A raíz de esto, los partidos comienzan a reunirse y, cuando toca presentar candidato, son los miembros electos de los partidos los que los eligen por sufragio.

Sin embargo, hay dos peculiaridades norteamericanas importantes. La primera, la elección directa de los cargos, lo que prima mucho las afinidades personales frente a la lealtad de partido. El Presidente se juega directamente su elección así como el miembro de la Cámara de Representantes. No sucede lo mismo, en cambio, con el Senado, cuyos representantes eran elegidos por las legislaturas estatales, lo que originó numerosos problemas amén de un apego a las oligarquías partidarias locales que acabó siendo muy pernicioso. Por ello, los americanos tuvieron a bien promover una enmienda por la cual los Senadores fueran también un cargo de elección directa en el Estado. La segunda peculiaridad importante fue la comprensión del partido como una organización heterodoxa, comprensión que no nace del genial saber de una razón prodigiosa sino de un quehacer práctico en el que ninguna personalidad es capaz de imponerse absolutamente. Para ello, es esencial la primera condición, que haya muchas individualidades con poder, que obtienen directamente de los votos que los han hecho congresistas o senadores por sus Estados. Aún cuando los candidatos a las presidenciales los elegían los cargos electos del Congreso, era imposible que hubiera una preponderancia aplastante en los partidos de un líder o de una corriente, salvando quizás el primigenio influjo del gran general George Washington. No obstante, el cambio de sistema de elección a primarias, propiciado por el partido anti-masón en 1831, primero en adoptarlo, supuso un impulso renovador de la vida política norteamericana. Desde entonces, es la Convención la verdadera poderosa. Es allí donde, muchas veces contra todo pronóstico (sobre todo en el partido demócrata por su difícil sistema de elección), se elige a los candidatos a Presidente y Vicepresidente.

Por contra, frente a este modelo de partido, surge en Europa otra tipología completamente distinta de partido político a la lumbre del movimiento obrero. En este caso, especialmente siguiendo el sistema de la Internacional (una vez fue tomada por Karl Marx) y el modelo de partido bolchevique de Lenin, la estructura de partido político europea, que había funcionado más bien como “grupo de notables” más que como movimiento de masas, se convierte en una organización centralizada y jerarquizada con una dirección que toma las decisiones sin contar con la base y que encarna, por voluntad propia, pero en nombre de la lucha obrera, la vanguardia revolucionaria. Este modelo de partido, esencialmente antitético al tipo anglosajón, es especialmente hábil en sistemas de elección de listas cerradas, donde el control de la dirección del partido es total. Así, los viejos cascarones oligárquicos tradicionales dan paso a partidos que adoptan la forma leninista, ya sea en todo su sentido, ya sea sólo en el organigrama de la organización. El partido Nazi o los diferentes partidos fascistas no son más que la exacerbada manifestación de un fenómeno que, irremediablemente, debía llevar al militarismo interno en algunas organizaciones. Sin embargo, ese modelo, aunque atenuado, es el pilar sobre el que aún se construye la política europea, especialmente en España. Así, una mala cultura política y un sistema electoral deplorable se conjugan en desastrosa armonía para engendrar el peor modelo de partido imaginable: un partido en el que todas las mañanas los “líderes” reciben las directrices de la dirección, y donde el flujo de la información y la opinión está controlado desde y para la dirección. Se da la grave paradoja de que, lógicamente, efectuar los cambios necesarios para converger a un modelo más anglosajón depende exclusivamente de las direcciones de los partidos, que nunca van a estar dispuestas a una reforma que acabaría con su poder cuasi-absoluto.

Esto nos lleva a otra perversión de nuestro modelo. Si en los partidos norteamericanos, la elección de los candidatos se realiza en plena competencia, en los partidos españoles, por poner un caso, la elección de candidato se convierte en una competición de sumisión, perfil plano e incompetencia, en definitiva, un candidato que no suponga, en modo alguno, un aire fresco o un impulso renovador que cambie sustancialmente el stablishment creado por la dirección. Es por ello que nuestro sistema es idóneo para proporcionar políticos mediocres y el norteamericano, apto para proporcionar políticos de la máxima calidad intelectual y humana. No quiero ni imaginarme la magnitud ni la virulencia del movimiento de base que tiene que producirse para que estas oligarquías que son las direcciones de los grandes partidos políticos españoles converjan a un modelo de democracia interna.