sábado, 5 de marzo de 2011

"The real face of the European Union"


“The real face of the European Union” es un documental que nos presenta una cara de la Unión Europea a la que no estamos acostumbrados, especialmente en España, porque nadie nos habla de ella. Es esa Europa de los burócratas, donde no sé sabe muy bien dónde está el poder ni quién lo controla y que está, poco a poco, minando la soberanía nacional de los Estados miembros.

Probablemente el vídeo tenga razón cuando afirmaba que el 80 % de las leyes que se aprueban en Westminster vienen de la UE, es decir, es normativa nacional que viene a aplicar directivas comunitarias. La cifra es de hace varios años y, seguramente, el porcentaje en otros países como España sea similar. Mucha de la normativa interna de los Estados es de inspiración directa comunitaria (por no decir dictada directamente por Europa). Las Directivas se crearon como un instrumento que marcaba unos objetivos vinculantes para los Estados, que dispondrían, en cambio, de libertad a la hora de decidir los medios. En la práctica, muchas directivas dejan poco margen y, en definitiva, no es la única norma uniformadora. Ahí están los reglamentos (directamente vinculantes) y, por supuesto, las sentencias del TJCE. El documental afirma, como si hubieran descubierto la Luna, que todo eso es un “corpus iuris”, “body of law”, que está, además, por encima del derecho nacional. Por supuesto, esto viene siendo así ya desde hace bastantes años antes de que se rodara el documental que presenta, de forma un tanto amarilla, algunos casos de los “atropellos” comunitarios: ¡un señor que fue sancionado por no utilizar el sistema métrico decimal!

Pero, no acertando del todo en el enfoque, el documental tampoco va del todo desencaminado. Los Estados están dejando de ser soberanos, eso es cierto, en detrimento de lo que puede asimilarse a un súperestado confederal. La cuestión no es tanto esa transmisión de poder, que sí es muy importante para un nacionalista británico, pero que a mí me resulta más indiferente, sino cómo se va a ejercer ese poder que se transmite. El problema de que la UE esté ganando tanto poder no es tanto que ese poder lo tenga la UE sino que eso esté sirviendo para que los mecanismos clásicos de control del poder de la democracia occidental se estén viendo mermados. Ni hay opinión pública europea ni hay un Parlamento como tal ni existe un ejecutivo comunitario ni hay sesiones de control de ese ejecutivo ni un seguimiento de la actualidad política por parte de esa inexistente opinión pública ni de esos inexistentes medios de comunicación. Lo que quiero decir es que en Europa, el poder de los ciudadanos está fragmentado mientras que el de los políticos está unido y eso es muy peligroso. Tanto que están consiguiendo que los parlamentos nacionales se conviertan en fotocopiadoras de la legislación que ellos aprueban en Europa sin que apenas nos enteremos. Y eso es lo que no puede ser. Los principios democráticos exigen o que ese poder sea devuelto a los Estados o que la UE se reforme y se convierta en un Estado convencional con los mismos controles. Es decir, o votamos al Presidente de la Unión y dotamos al Parlamento con un verdadero poder o paramos la construcción Europea.

La pregunta es ¿es posible llegar a eso sin pasar previamente por una mayor integración Confederal? Y ¿realmente es posible una Europa Federal? Y es aquí donde el europeísmo choca contra la realidad de unos ciudadanos desconectados entre sí, sin voluntad y sin iniciativa para alcanzar esa Unión y, lo que es peor de todo, sin la cualidad de formar una sólida opinión pública europea. En Europa no necesitamos más integración política, al menos no ahora. Necesitamos más integración social. Necesitamos compartir medios de comunicación, compartir un idioma y un sistema educativo. La integración política vendrá después como el siguiente paso lógico. Me temo que los políticos querrán hacerlo al revés y eso difícilmente funcionará. El ciudadano europeo puede encontrarse, después de todo, libre de las amenazas de una Alemania expansiva, pero no encontrará la paz bajo unas instituciones que dictarán su vida, a las que no sólo no podrá controlar si no que apenas podrá comprender.