domingo, 14 de agosto de 2011

Demócratas orgánicos

Cuando algún demócrata orgánico de pro dice que es ridículo ser antifranquista ahora que Franco se ha muerto, yo siempre pienso “más ridículo es ser franquista precisamente por eso”. Esta reflexión, en cambio, no encuentra mucho eco. Muchos deciden volver a los viejos esquemas ideológicos porque, perteneciendo como pertenecen, a la derecha, sienten como un ataque que algunos reparen a las víctimas de la guerra civil y del franquismo. Podríamos pensar que sería tan ridículo como que a un alemán de derechas le pareciera un agravio la reparación de las víctimas de la II Guerra Mundial y el nazismo, pero, por alguna razón extraña, esto no es aplicable aún a algunos sectores conservadores españoles.

Lo sucedido en Poyales del Hoyo la semana pasada, por desgracia, no confirma, como dicen algunos, el ansia revanchista de una izquierda que quiere revertir la historia y utilizar el miedo para que el PP no gane las elecciones. Por contra, pone en evidencia que una buena masa social de esa derecha aún justifica los miedos de cierta izquierda que se las ve y se las desea para hacer algo tan sencillo como leer un manifiesto contra el enterramiento en una fosa común del cementerio de Poyales del Hoyo de algo menos de una decena de fusilados a manos falangistas. Ni el PP absteniéndose o votando en contra de cualquier cosa que pase por el parlamento en relación al franquismo ni esos sabotajes de actos que, como mínimo, merecen el mismo respeto que cualquiera en una democracia, no sólo no quitan la razón a esos que imputan a la izquierda ánimos guerracivilistas que no existen sino que, además, nos hacen ver al resto de la población a esa derecha con más recelo y esas opciones electorales como “contaminadas” por no sé qué tipo extraño de “democratismo” [1] acomplejado con brotes tardofranquistas.

Lo he dicho muchas veces y lo seguiré repitiendo. Si la izquierda se arroga supuestamente ser la heredera de la República y la derecha sigue teniendo ese cariz de heredera de la dictadura, no es porque la izquierda haya hecho méritos sino porque la derecha democrática no ha sabido reivindicarse. Lejos de adoptar ambiguas posturas complacientes y alarmantemente ambiguas sobre el franquismo y sus víctimas, la derecha podría reconocerse heredera de su propia tradición democrática, también republicana, y reivindicar como propios algunos de los avances que trajo la República en los que, sin duda, tomó parte. Partidos como PNV y CiU, el primero diría que incluso más conservador que el PP, también son derechas, también son españolas y no tienen ninguna actitud ambigua respecto al franquismo. El hecho de que algunos vengan de familias acomodadas de la dictadura, no debería suponer una barrera ideológica para desvincularse de ese pasado y condenarlo, como también han hecho políticos y periodistas que ahora militan en la izquierda. Lo que algunos llaman cinismo, oportunismo, hipocresía o, incluso, ser un “chaquetero”, refiriéndose a personajes de la izquierda pertenecientes a ilustres familias del régimen, yo lo llamo decencia, que la vida da muchas vueltas y adaptación al cambio.

En su día, la derecha supo hacer la transición y traicionar los principios represivos a los que había jurado lealtad. Hubo algo, sin embargo, que no supo hacer: romper con ese pasado ni siquiera cuando su fantasma era lo suficientemente débil como para enfrentarlo sin temor. Si quieren hacernos creer que los medios de la izquierda se equivocan al inferir el miedo a la derecha de siempre, que lo demuestren. Con actitudes golpistas como las del fin de semana en Poyales del Hoyo, lo único que demuestran es que quieren a los “rojos” en una fosa común. Y eso no es lo que yo precisamente llamaría democrático ni siquiera sensato. Todas las víctimas de la guerra civil y el franquismo, no importa a manos de quien perdieran la vida, merecen una reparación pública. Muchos muertos a manos de republicanos ya tuvieron durante el franquismo esa reparación que ahora parece negársele a los muertos por falangistas. En el caso de Poyales del Hoyo, esa reparación pasa por seguir enterradas en un nicho en el cementerio del pueblo, no ser devueltas a una fosa común que, aunque sea otra distinta, no deja de ser tan común como aquella de la que venían: una fosa, como tantas, que debería avergonzarnos a todos no enfrentarnos y llevarnos a boicots ridículos.

[1] “Democratismo” no existe.

Aitor Riveiro, El País, 7 de agosto 2011