martes, 4 de noviembre de 2008

La catedral de Liverpool

No hay mucho que ver en Liverpool. A muchos les chocará que afirme esto de la ciudad que comparte con la insípida localidad noruega de Stavanger el nombramiento de Capital Europea de la Cultura durante el presente 2008 y, a buen seguro, más de un eurodiputado esnob, de esos que creen que colocar este tipo de etiquetas sirve para algo, me condenaría sin piedad al garrote vil si leyese esto. Sibiu (Rumanía) fue la elegida en 2007. ¿No la conocen? ¿Ni siquiera le ponen cara al escritor Andrei Codrescu, su ciudadano más ilustre? No se preocupen, yo tampoco. Ni creo que nadie que viva a más de cien quilómetros a la redonda de allí lo hiciese.

Si eres fan de los Beatles, sin embargo, tienes alguna que otra cosa que hacer. Comprar un souvenir en The Cavern, posar con la estatua a tamaño natural de John Lennon que flanquea la puerta del inmortal pub, pasear por Penny Lane o tumbarte en el césped del Strawberry Field.

Fuera de eso, alguna guía te recomendará visitar la catedral anglicana (la quinta más alta del mundo) e, incluso, el Liverpool John Lennon Airport. El hecho de que un aeropuerto esté incluido entre los monumentos más destacados de una ciudad creo que habla por sí solo.

La verdadera catedral, sin embargo, se encuentra junto a Stanley Park, justo antes de cruzarse con la Utting Avenue. Esa catedral, consagrada a los paganos (o a los fieles de esa religión del siglo XXI llamada fútbol), se llama Anfield Road y, desde 1982, acoge una particular misa dominical: los partidos del añejo Liverpool Football Club.

Anfield fue originalmente propiedad de John Orrell, un cervecero local que decidió, a comienzos de 1884, dar algún tipo de salida cabal a su inmueble alquilándoselo por una mísera cuota al Everton, por aquel entonces único equipo notable de la ciudad del Mersey y, a la postre, encarnizado rival del actual club poseedor del campo. Siete años después, John Houlding, compañero en el gremio de Orrell, concejal de la ciudad y gran aficionado al fútbol, decidió hacerle una oferta de compra a su colega, tan hastiado con su propiedad como con el rudo y aburrido deporte que en ella se practicaba.

Una vez completada la compra, el flamante nuevo casero decidió triplicar el alquiler demandado al Everton, por lo que el club toffee (llamado así por la notable afluencia de vendedores de caramelos en los alrededores del estadio) decidió poner pies en polvorosa rumbo a un nuevo y mayor campo: el frío Goodison Park.

Houlding, que no había querido abandonar el estadio, entre otras cosas, porque era el propietario de un pub muy cercano al mismo y no quería perder el dinero que los aficionados gastaban allí antes y después de los partidos, decidió tirar por la calle de en medio. En 1892, junto a tres jugadores escindidos del Everton y una veintena de socios, fundó el Liverpool (al principio llamado, curiosamente, Everton Athletic), que comenzó a jugar en aquel viejo y vacío estadio, que debido a su proximidad con una calle homónima, comenzaría a llamarse Anfield Road. El modesto conjunto jugaba con la equipación azul heredada del anterior club, y completó su plantilla con ocho futbolistas escoceses, fichados por el propio Houlding tras una gira relámpago por el país vecino. Un año después, aquel equipo (conocido como el ‘Macteam’, por la abundancia de escoceses) ganó sin perder un solo partido la liga de Segunda y ascendió a la máxima categoría, comenzando entonces a producirse un choque que ha vivido más de doscientas ediciones, marcadas por una tremenda igualdad.

Más de un siglo después, contando con un número casi idéntico de españoles que de aquellos primigenios escoceses, el ahora denominado “Spanish Liverpool” recibe hoy a un Atlético de Madrid que, más de cuatro mil días después, vuelve, tras tres simulacros en otras tantas jornadas, a vivir y a sentir el verdadero y genuino ambiente de la Liga de Campeones, la competición con más solera del planeta. Veintidós protagonistas que, al filo de las nueve de la noche, respirarán hondo, mirarán al frente, apretarán los puños y recorrerán en fila india los pocos metros que separan del césped al angosto túnel de vestuarios de Anfield, ese que en todo momento, a poco que levanten la vista, les avisará de dónde están, de la historia muda que se acumula bajo las baldosas que están pisando. Y comprenderán que, como dijo Bill Shankly, ex entrenador y mito del Liverpool, “el fútbol no es cosa de vida o muerte; es algo mucho más serio que todo eso”.


3 comentarios:

Rafalillo dijo...

Hola, soy Rafa, un amigo de Pepe de Málaga del que a lo mejor os ha hablado alguna vez.
Yo no sé si Liverpool tiene mucho que ver, pero lo que es seguro es que Anfield Road es una visita obligada, por lo menos, para los amantes del fútbol como yo. Quizás, junto a Old Trafford (Manchester United), sea el estadio más mítico de Inglaterra, como lo pueden ser aquí el Bernabeu o San Mamés. Sólo por la afición que tiene el Liverpool merece la pena no sólo visitar el estadio, sino ver un partido de fútbol y oir cómo cantan el famoso 'You'll never walk alone' al unísono todos los aficionados.
Esperemos que el Málaga me dé un motivo para verle jugar allí.

Un saludo y felicidades por el nuevo blog ;)

Pepe dijo...

Me han entrado ganas de ver el partido de esta noche... Me gusta el blog va cogiendo muy buena forma.

mIGUEL dijo...

Soy Miguel hermano de pepe. Buena entrada. Meesta empezando a gustar el blog