viernes, 17 de abril de 2009

Reflexiones sobre la Revolución en Francia - Edmund Burke

Alianza Editorial – Filosofía

356 páginas.


Reflexiones sobre la Revolución en Francia es un alegato bien construido contra los acontecimientos que tienen lugar en Francia en los primeros momentos de la Revolución (el libro se terminó en 1790). En él, su autor, un conservador diputado de la Cámara de los Comunes, de procedencia irlandesa, trata de desvincular los acontecimientos de Francia con la Revolución Gloriosa y pone de relieve las fundamentales contradicciones de la Revolución emprendida.


Burke se preocupa especialmente al comienzo de la obra de deacreditar las posturas de algunos ingleses que, desde asociaciones como la de los Amigos de la Revolución, son partidarios de los acontecimientos que tienen lugar en Francia en ese momento como lo son de la propia Revolución Inglesa. Trata de desmentir que los principios de la constitución inglesa se fundamenten sobre el derecho a elegir a los gobernantes, a destituirlos por su mala conducta y a establecer un gobierno por sí mismos. Para ello revisa los sucesos de la Revolución Gloriosa y algunos documentos de donde infiere la inexistencia o atenuación de dichos principios como fundamentales en el gobierno de Inglaterra.


No obstante, lo más interesante del libro se encuentra en la crítica que realiza de la Revolución, aún cuando no se había destronado a Luis XVI y ésta se encontraba en su etapa más moderada. Burke pone de relieve algunas contradicciones. La más importante alude a la supuesta defensa de los derechos del hombre mientras se cuentan acontedimientos como los del secuestro de los monarcas en Versalles para llevarlos a París presos mientras exhibían las cabezas de algunos de los miembros de palacio clavadas en picas. Sin duda, es uno de los episodios más espeluznantes.


Por otro lado, es muy crítico también con la postura que está adoptando la Revolución respecto de la Iglesia y el clero. Especialmente, se trata de la expropiación de los bienes de la Iglesia para la emisión de papel moneda y la constitución civil del clero. Burke entiende que la religión tiene que ser uno de los elementos esenciales en la constitución de un Estado y considera una insensatez el menosprecio que está sufriendo la religión en Francia. De paso, aprovecha para arremeter contra los filósofos ilustrados y contra las nuevas ideas según las cuales, él infiere, no se respeta ya ningún orden, causa de la degeneración en anarquía que está trayendo la Revolución con el consiguiente recurso al ejército por parte de la Asamblea como si de un monarca arbitrario se tratara. Es otra de las contradicciones que pone de relieve y que, advierte de forma premonitoria, es un recurso que se acabará volviendo contra ella.


Del mismo modo, es especialmente duro con la Constitución de 1789 de la que critica la división de Francia en pequeñas Repúblicas y con el régimen fiscal del nuevo orden. La Asamblea se había visto con multitud de problemas a la hora de cobrar los tributos y, habiéndo probado con contribuciones voluntarias que habían fracasado estrepitosamente, había tenido que recurrir a la emisión de papel moneda con cargo a los bienes de la Iglesia previamente expropiados. Burke sostiene que esa no es una solución y que la Revolución está empobreciendo a Francia y haciendo insostenible el mantenimiento del Estado.


Lo cierto es que en su momento las críticas de Edmund Burke tienen mucho sentido. En su carta realiza un alegato de la tradición y el prejuicio, errores a mi modo de ver, que se acompañan con apreciaciones muy sensatas sobre algunos hechos concretos de la Revolución. No obstante, con la perspectiva histórica que nos da el trascurso de 220 años, creo que podemos afirmar pese a todas sus contradicciones, inevitables en un proyecto de cambio tan radical y consustanciales a la imperfección del género humano, que la experiencia de la Revolución fue positiva. No se trata de justificar los excesos o defender las contradicciones sino de ver las consecuencias históricas a muy largo plazo.


La Revolución sentó un gran precedente que demostró que otro sistema distinto del Antiguo Régimen era viable y, además, supuso el ensayo de muchos avances sociales y económicos que se intentaron después con éxito. La posibilidad de una República con un gobierno representativo, laica (todavía en el primer estadio) y sin privilegios estamentales se había demostrado en el trascurso de esos años. La nobleza, esa aristocracia hereditaria tan nociva para la sociedad, tan contraria al principio de igualdad de todos los ciudadanos y al propio mérito y esfuerzo individual, sería barrida para la posteridad de los países occidentales (al menos sus privilegios). La libertad y el autogobierno de los ciudadanos se estatuyó como uno de los principios políticos básicos. La soberanía nacional sería desde entonces una constante en las constituciones y el sufragio (más o menos representativo), uno de los logros y de los objetivos de los siglos venideros. La Iglesia, un monstruoso centro de poder, privilegios y opresión, fue puesta en su sitio, subordinada al Estado laico y apartada de su poder político y de sus arcaicas prerrogativas.


La Revolución buscó cambios profundísimos, fue un verdadero seísmo político que removió todos los cimientos de la vida pública y sin el cual no comprenderíamos buena parte de lo que hoy son las democracias occidentales. Todos los logros del Estado de Derecho, la laicidad, los derechos humanos y el gobierno representativo se los debemos a ella. La libertad y la igualdad serían desde entonces los grandes luceros directores de la política. Y, aunque el camino ha sido y es largo, la senda quedó marcada. Todos somos hijos de la Revolución y de la República.