miércoles, 4 de noviembre de 2009

Desmitificando el liberalismo (ii): el progresismo.


Resulta evidente viendo los medios de comunicación que las palabras “progresismo” y “progresista” están aún muy presentes en la vida pública. Algunos políticos defienden sus tesis arguyendo que son progresistas. La medida que ayer era progresista, mañana puede no serlo y viceversa. Vivimos en la más absoluta confusión terminológica en lo que se refiere a este concepto... Todo ello por una sola cuestión. Desde la izquierda socialdemócrata se ha fomentado un uso incluso abusivo del término por las connotaciones positivas que éste comporta frente a términos más denostados y propios de su herencia ideológica que se han desgastado en mayor medida después de la caída del muro de Berlín y el desprestigio de los países del orbe socialista. Diríase que han buscado intencionadamente abandonar el espacio ocupado por el marxismo para escorarse un poco hacia el progresismo, al menos fingido. Ahora es más efectivo en términos de imagen tratar de vender una subida de impuestos diciendo que es “progresista” aunque tan sólo un año antes lo progresista fuera bajarlos.

Sin embargo, esta apropiación por la socialdemocracia del término progresista ha venido con la inestimable ayuda de sus más supuestos firmes opositores: los conservadores. Estos señores, que suelen llevar el “no” por respuesta; el argumento de la “tradición” y el “sentido común” bajo el brazo, y que nunca derogan ninguna medida “progresista” de sus predecesores socialdemócratas han acuñado un nuevo término despectivo para referirse a sus oponentes: “progre”. El “progre” es una degeneración, encarna la idea primaria de un ser sin escrúpulos morales que es capaz de cualquier cosa con tal de hacer daño a las “personas de bien de toda la vida, a sus valores y sus tradiciones”... ¿Todo para qué? Para usurpar el gobierno con mentiras y manipulaciones burdas de la opinión pública. Con este panorama, la idea de que los socialdemócratas son progresistas se ve reforzada. Para los que están en el patio de butacas y ven la tragicomedia de la política contemporánea sin conocer lo que se ha representado en los últimos doscientos años de política en occidente es fácil caer en el dualismo progresista-conservador fomentado por los socialistas y respaldado por los conservadores.

Al margen de lo que nuestros políticos puedan decir o hacer para nuestra ilusoria percepción de la vida pública, lo cierto es que el progresismo es genuinamente liberal. Esto no implica que quepa una lectura uniforme ni unívoca del término progresista, progresismo y progreso, pero sí arroja importantes detalles acerca del “pedigrí” de la palabra lo cual nos ayuda a identificarlo al margen de las etiquetas e, incluso, a defenderlo si así lo creemos necesario sin caer en falsos tópicos. Para ello resulta imprescindible partir del significado de la palabra progreso. Este concepto siempre se ha entendido como un proceso de movimiento en el espacio. La RAE entiende por progreso acción de ir hacia adelante. En su segunda acepción: avance, adelanto, perfeccionamiento. La primera acepción define perfectamente ese movimiento de un punto hacia adelante. La segunda acepción incorpora elementos valorativos. Ya que también se mueve hacia adelante una piedra impulsada por una fuerza física, habrá que ver qué elementos implican que haya progreso en una acción humana. Lo que la RAE añade en la segunda acepción infiere que el progreso implica necesariamente una mejora. Luego la acción humana de ir hacia adelante tiene por objeto y se debe al afán del hombre por mejorar. La cuestión es que el “adelante” hay que referirlo frente a un “atrás”. En términos políticos, se viene entendiendo desde la Revolución Francesa que el progreso se producía como el triunfo de los principios de libertad, igualdad y fraternidad frente a los caducos principios del Antiguo Régimen. El punto de partida estaba claro: los privilegios, la sociedad estamental, el poder absoluto, la superstición... El punto hacia el que había que moverse no estaba tan claro, pero los principios liberales sí marcaban una cierta dirección.

Thomas Paine en “Los Derechos del Hombre” (“Rights of Man”, 1791-1792), obra ya de sobra conocida por mis lectores asiduos, se esfuerza en hacer una firme defensa de esos nuevos principios entre los que destacan los derechos enumerados en la famosa Declaración de 1789 así como los principios del gobierno representativo que apenas se estaban ensayando en las recién independizadas colonias americanas y que la mayoría de los miembros de la Asamblea Nacional francesa querían implantar en mayor o menor medida en Francia. Lo más interesante de esta obra de Paine es que la redacta como contestación a la defensa de la tradición que efectúa el político y pensador irlandés Edmund Burke en “Reflexiones sobre la Revolución en Francia” (1790). Esta más que normal disputa entre dos amigos por la valoración que realizan de un mismo acontecimiento coetáneo aporta un interesante matiz de novedad: la discrepancia se basa en su perspectiva no sólo política sino incluso vital frente al cambio que se produce. Uno, Burke, se aferra a lo que ya tiene: defiende apasionadamente la tradición incluso el prejuicio como positivos en política. Es más, defiende firmemente la Revolución gloriosa inglesa de un siglo antes y se esfuerza en marcar sus diferencias, que las había y muchas, respecto a los acontecimientos que se sucedían en Francia. Es el perfecto conservador: aquel que por defender el “status quo” defiende aun la tradición revolucionaria. Nótese qué profunda contradicción en los términos. Por contra, otro, Paine, se va a esforzar, como ya se había esforzado en la Guerra de Independencia americana, en el éxito de esta nueva empresa política que emprendía el género humano. Trata, no sólo de ayudar con su acción y con sus obras a la implantación de un nuevo sistema político sustancialmente mejor sino que trata también de imaginar hacia dónde debe encaminarse el nuevo sistema y de dotar de solidez intelectual en sus obras a esas ideas nuevas.

Desde esta perspectiva, el progreso se veía en oposición a la tradición, entendiendo ésta principalmente como la herencia que había dejado el Antiguo Régimen. Otro autor posterior, John Stuart Mill, político y pensador británico del siglo XIX, dota de un nuevo significado a esa relación, en muchas ocasiones antagónica, entre tradición y progreso. Desde mi punto de vista, la diferencia esencial viene determinada en su obra “El sometimiento de las mujeres” (“The Subjection of Women”, 1869), obra que recomiendo encarecidamente y que quitará a más de un lector muchos prejuicios negativos sobre el liberalismo. Esta obra es todo un clásico del feminismo y, en su día, supuso un auténtico punto de inflexión del movimiento feminista en toda Europa. La tradición que Mill trata de desarticular no es ni más ni menos que el pensamiento machista de una sociedad patriarcal que viene de siglos y que tiene su raigambre moral más allá de cualquier tradición política o de cualquier régimen. Tanto estamos tardando en abandonar esa tradición que aún hoy debemos seguir luchando por los derechos de las mujeres en todo el mundo.

Sin ánimo de circunscribir el debate a estos dos ejemplos ilustrativos, me gustaría pasar a la cuestión definitiva que adrede he ido postergando: ¿cómo definimos esa mejora que es causa a la par que meta del progreso? Sin duda, desde el liberalismo, ese progreso debe entenderse como una mayor libertad del individuo. Esta libertad no es estática. Como dice Ortega, la realidad no es “res stantes”. Esta libertad no debe circunscribirse exclusivamente a unas libertades políticas y económicas formalmente reconocidas en un texto legal más o menos efectivo. Se puede y se debe luchar por un mayor ámbito de autonomía de pensamiento, de decisión y de acción del individuo frente a las imposiciones no sólo del Estado sino también de la sociedad y esto debe hacerse día a día porque, como dice John Stuart Mill en “Sobre la Libertad” (“On Liberty”, 1859): “Donde la regla de conducta no es el propio carácter de la persona, sino las tradiciones o costumbres de los demás, falta uno de los principales elementos de la felicidad humana, y el más importante, sin duda, del progreso individual y social.”

Por otro lado, no debemos olvidar que parte fundamental de esa consecución de la libertad reside en la derogación de la ley del más fuerte, que está bien proscrita por el liberalismo, y en su sustitución por una igualdad en un doble sentido: ausencia de privilegios e igualdad de oportunidades. Pero lo que marca la diferencia más profunda, la diferencia de base, la que determina la discrepancia definitiva e insalvable con otras perspectivas u otros conceptos de “progreso” es que éste debe darse sobre la base de una creencia firme en el individuo porque, de lo contrario, no hablamos de un ideal de progreso humano sino de otros ideales de “progreso” donde el centro no es la persona sino la sociedad o una mayoría social. Y esto no es un ideal de progreso, es un ideal de colectivo, de nación, de clase... Un ideal en el que el ser humano queda relegado a un segundo, a veces, infimísimo plano de subordinación y entonces no estamos avanzando sino retrocediendo a un pasado recóndito de cavernas y pinturas rupestres. En definitiva, nada más cerca de las pretensiones socializantes de los socialistas que se dicen adalides del progreso y de los conservadores que tratan de disfrazar su tradicionalismo con falsos ropajes liberales.