miércoles, 25 de noviembre de 2009

El miedo (diálogo)

Él.- Hace una tarde encantadora. La primavera se percibe en todos los sentidos. Incluso ese sauce llorón parece estar sonriéndonos.

Yo.- Te veo alegre. Como sabes que me gusta entablar conversación, te voy a hacer una pregunta: ¿ves todos esos chalés de aquella urbanización?

Él.- Por supuesto. ¿Dónde está la contradicción?

Yo.- Espera. No seas impaciente. ¿Si tuvieras que vender el máximo número de seguros de vida, de seguros de hogar, de coche... si tuvieras que obtener el mayor número de clientes para una empresa de seguridad, qué harías, a qué hora llamarías a su puerta?

Él.- ¿Qué pregunta es esa? ¿Crees que influye mucho la hora para obtener clientes para todas esas aseguradoras y empresas de seguridad? No sé. Supongo que no iría por la noche ni a la hora de la comida... Trataría de no ser inoportuno.

Yo.- En eso tienes toda la razón. Es preciso ir a la hora oportuna, pero ¿cuál dirías que es?

Él.- La verdad es que no tengo la menor idea. Seguramente iría por la mañana para no importunar demasiado. Claro que no encontraría a muchos: estarían trabajando.

Yo.- Yo iría justo después del telediario. Los cogería precisamente en el momento más vulnerable, ese instante en el que se sienten inseguros luego de haber visto por televisión en el propio salón de su casa los últimos muertos en este u otro atentado terrorista, accidente de tráfico, explosión de gas, atraco... Abrirían la puerta con el ánimo descompuesto, con la plena consciencia de su inseguridad y firmarían cualquier póliza.

Él.- Suena aterrador.

Yo.- Pues es sólo el pequeño matiz del cuadro completo que quiero mostrarte. ¿Has pensado alguna vez que es más fácil controlar a la gente por la sin razón que por la lógica, que la faceta más irracional del ser humano es la que lo hace más vulnerable, más dependiente de los demás y, por tanto, menos libre?

Él.- ¿A qué te refieres?

Yo.- Quiero decir que hay dos formas de vender ese seguro. La primera consistiría en intentar razonar con el cliente potencial sobre las incertidumbres de la vida y decirle: “bueno, usted tiene una casa y cabría la posibilidad de que hubiera algún percance serio aunque ciertamente lo más probable es que eso no suceda”. O también, esta es la opción segunda, podría decirle: “¿ha pensado alguna vez que su casa podría incendiarse o sufrir un desplazamiento del terreno o una explosión de gas?” La segunda opción, aunque guarda algo de semejanza con la primera, es la irracional, la que apela directamente al hecho terrible que tememos y que nos exhiben como una posibilidad, aparentemente hipotética, pero de forma mucho más visceral, casi perceptible. El vendedor de seguros que opta por la segunda opción está en realidad empleando el miedo de su cliente como herramienta para el lucro de la aseguradora y el suyo personal. Claro que los anuncios de las aseguradoras no suelen ser tan drásticos aunque la mayoría incluyen siniestros o percances en ellos o insinúan veladamente el peligro que ellos se encargan de evitar.

Él.- Y esto ¿adónde va a parar? ¿Algún seguro se niega a indemnizarte últimamente?

Yo.- No. Verdaderamente los seguros son los más honestos. Ellos hacen negocio con el riesgo, con la incertidumbre de las vidas de sus clientes y todos lo saben. El cliente es el primero que quiere dotarse de algo de certidumbre con el seguro y es consciente de ello. Es puro instinto de supervivencia. Son varios particulares haciendo negocios legítimos para conjurarse contra los peligros de la posible adversidad. El ser humano también ahorra, se compra una casa y se hace un plan de pensiones, pero ¿es legítimo utilizar el miedo como un instrumento de control, por ejemplo, en la educación de un niño o en la política?

Él.-Mezclas asuntos. No creo que sea lo mismo. ¿A qué te refieres por miedo en la educación?
Yo.- Bueno. Constantemente se enseña a los niños con el miedo. ¿O sería mejor decir en el miedo? Los padres lo hacen cuando asustan a sus hijos con el hombre del saco o, incluso, con la policía municipal.

Él.- ¿La policía municipal?

Yo.- Te lo aseguro. Yo mismo lo he visto. ¿Y qué me dices del miedo al castigo o del temor de Dios? ¿Podrías negar que incluso hoy en día, en pleno siglo de supuesto nihilismo, se sigue educando en el temor de Dios?

Él.- Sigo pensando que confundes los temas. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? Es evidente que debe haber castigos para quien infrinja unas normas mínimas de convivencia. De lo contrario, la vida en sociedad sería inviable. Los niños son los primeros que deben aprender que hay unos límites, que deben respetar a los demás y obedecer a sus padres.

Yo.- Es cierto. No es lo mismo y tú has dado la razón. La sociedad es honesta al decir que castiga para garantizar su propia supervivencia que es, en definitiva, la de los individuos que la componen. Sin embargo, no hay nada de honesto en infundir miedos netamente irracionales a los niños. El castigo es cierto, es medible, es proporcional. Adquiere la primigenia forma de la advertencia en modo condicional: “si haces esto, te corresponde tanto castigo”. Es justicia distributiva aristotélica pura. Ni más ni menos. Sabes tan bien como yo que na hay nada de eso en el temor al hombre del saco o en el temor de Dios.

Él.- La diferencia es que en el caso del temor de Dios, hay un temor a un castigo divino que probablemente no se va a dar.

Yo.- Y que en cualquier caso es una quimera en el aquí y el ahora. Una quimera con la que se intenta modificar la conducta de seres humanos.

Él.- Sin embargo, no debes olvidar que el temor al hombre del saco va más allá.

Yo.- ¿En qué sentido?

Él.- En el temor de Dios al menos hay un castigo, aunque divino, mágico en gran medida, que también puede ser incluso cuantificable, cierto y proporcional. Es más, puede ser incluso justo aunque no voy a entrar en ese jardín.

Yo.- Mejor que no.

Él.- No obstante, el miedo al hombre del saco es el miedo a la más aleatoria, injusta y arbitraria acción malvada de un personaje de la cultura popular. Es el miedo por el miedo, el temor al mal que es por sí mismo injusto a diferencia del castigo.

Yo.- Cierto, luego una persona o , en este caso, un niño pequeño puede sentirse prevenido en el caso en que se le advierta de un castigo porque él mismo sabrá que, de seguir adelante, habrá cruzado la línea de la transgresión que no le está permitido pasar y tras lo cual se administra un castigo que, además, es merecido. Sin embargo, puede sentirse aterrado, en lugar de prevenido, si se le recuerda que es vulnerable al mal y, en definitiva, al sufrimiento y también a la muerte. Y aquí es adónde quería llegar.

Él.- Menos mal. No nos hemos extraviado finalmente.

Yo.- A lo que voy. El ser humano ha buscado siempre control sobre sus semejantes, poder para, en definitiva, asegurar su propia supervivencia, garantizarse un buen medio de vida, la fuente de alimento, lo que fuera que ambicionase y para ello creó o, mejor, descubrió determinado instrumentos de poder. El primero, que no tuvo que ser necesariamente anterior, fue el castigo humano, las normas y, finalmente, el derecho. ¿No es una bella casualidad, si es que éstas existen, que el primer texto descubierto fueran las tablas de Hamurabi, un sencillo, pero claro código de normas sociales de conducta? ¿No es ciertamente interesante que Moisés se preocupara de darle al pueblo hebreo diez sencillas normas básicas y todo un texto posterior conocido como Torah (ley) del que ciertamente no es autor, pero que sin duda inspiró? La segunda es la religión y, concretamente, el castigo divino. En la Torah las consecuencias de los actos prohibidos son, en ocasiones, terribles castigos bien humanos como la lapidación de la adúltera, pero el primer mandamiento es “amarás a Yaveh sobre todas las cosas”. El pueblo judío no sólo temía la lapidación sino también el infortunio en vida e incluso el castigo de las generaciones futuras provocado por un iracundo Yahveh porque no cabe duda de que los judíos no creían en la inmortalidad y menos aún en la resurrección ni el fuego eterno luego tampoco podían amenazar con las llamas del infierno. ¡Hasta este punto eran prácticos! El judío que iba contra la ley de Yaveh lo sufría en vida y de una forma mucho más incierta aunque pudiera decirse que, tal vez, algo justa. Claro que se lo digan esto a Job que, a pesar de ser un hombre justo, padeció la más pura arbitrariedad de una mala apuesta entre Yaveh y Satanás. Lo cierto es que hay una diferencia sustancial entre estos dos instrumentos de control. El castigo divino incorpora elementos de irracionalidad nada desdeñables. Para comenzar, la sanción correspondiente no es clara. Queda, como he dicho, a merced de lo que disponga el arbitrio divino. Seguidamente, el momento y la forma de imponerse. Dios, por supuesto, no pregunta antes de castigar. Es omnisciente, luego ¿qué necesidad tiene de oír al que sabe que es culpable? Seguidamente, puede imponer el castigo cuándo y cómo quiera. La incertidumbre es plena en ese sentido. El pecador será reo de castigo incluso después de muerto. Debes reconocer que son grandes diferencias.

Él.- La verdad es que tampoco lo había pensado antes. Dime, ¿cuál es la tercera?

Yo.- Cierto. Se me olvidaba. El tercer instrumento de control es el miedo al hombre del saco. Pero piensa que esto va también estrechamente unido a la religión igualmente. El hombre del saco puede ser perfectamente Satanás. Los cristianos han utilizado a menudo a ambos, a Dios y al diablo, para infundir temor. Si bien podría decirse que el castigo al fuego eterno entra dentro del esquema infracción-sanción y que podría ser justo. En realidad, la amenaza de una condena al mal por el mal mismo no es sino infundir el temor propio que tiene todo ser humano al padecimiento, al sufrimiento y a la muerte sin sentido, sin razón ni justificación alguna. Por otro lado, piensa que la afirmación antiguamente común de que el diablo camina entre nosotros no es sino el mismo tipo de miedo puramente irracional al hombre del saco, que no es sino la advertencia sobre la presencia del mal en el mundo.

Él.- Bueno, pero el castigo al fuego eterno no dejaría de ser justo en tanto que tiene una relación directa con las transgresiones de los pecadores.

Yo.- Realmente no. Para que un castigo sea justo debe buscar no sólo la reparación del daño sino especialmente la sanación del alma del infractor, que debe persuadirse de la maldad de su acción, arrepentirse y tener la predisposición futura de no volver a incurrir en una acción injusta. En el infierno no se busca esto sino el suplicio eterno que, seguramente, ni los más sanguinarios criminales merecen y que no tiene otro fin más que sí mismo. Sin embargo, esto me aleja de la cuestión principal.

Él.- ¿Que es?

Yo.- El miedo como instrumento de control social, especialmente en la educación y en la política. Ya hemos hablado someramente de la educación. Es cierto que se sigue educando en la religión o, a veces, incluso en el miedo por sí mismo y ya hemos comentado que la educación en el temor de Dios puede llevar “per se” un componente irracional muy relevante de temor a un castigo arbitrario e injusto, pero ¿qué sucede con la política? ¿No crees que no es menos cierto que el miedo es utilizado por los políticos para justificar determinadas normas?

Él.- ¿Por ejemplo?

Yo.- El caso más llamativo, creo yo, es el de la obsesión por la seguridad que se ha producido tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. ¿No crees que algunas de las políticas que se han puesto en marcha son desmedidas y que habrían sido inaplicables en un contexto previo al de los atentados?

Él.- Probablemente sí.

Yo.- Desde entonces contempla lo que ha sucedido. Estados Unidos ha comenzado a aplicar una política de excepción. Se han ampliado los plazos de detención sin control judicial de los supuestos terroristas, se ha facilitado la intrusión en la privacidad de los ciudadanos, se han incrementado enormemente las medidas de seguridad en los aeropuertos hasta el punto en que han llegado a poner en funcionamiento “scanners” que desnudan a los pasajeros, se han subido los requisitos de datos de carácter personal para entrar en el país e incluso se han abierto cárceles ilegales donde se ha retenido y torturado a centenares de sospechosos de terrorismo. ¿No es esto la subversión más absoluta de nuestros principios, de nuestros valores fundamentales que ahora consideramos sacrificables en un holocausto agradable al terrible dios de la seguridad?

Él.- Y ¿cuál es el papel del miedo en todo esto?

Yo.- Es fundamental. En lo más profundo de nuestra razón sabemos lo disparatado que es adoptar una política de cesión de poderes exorbitantes al Estado y, sin embargo, preferimos hacerlo porque en el fondo dejamos de pensar racionalmente cuando se nos traslada un mensaje puramente emocional que se basa en mostrarnos vulnerables frente a la amenaza del terrorismo o cualquier otra. Es esa sensación de vulnerabilidad la que permite a los políticos occidentales anular nuestros recelos naturales a la expansión cada vez menos limitada de los poderes del Estado y, en definitiva, de la policía. Es el permanente argumento de la inseguridad el mayor responsable de la concentración del poder y de su abuso a lo largo de la historia. En ese sentido es irrelevante el contenido del mensaje que se traslade mientras sea capaz de mover determinados resortes. A menudo se ha dicho que la conducta poco piadosa de un pueblo podía traer desastres naturales. Muchas sociedades han sido subyugadas a través de uno o varios dioses que han resultado ser benefactores sólo en determinadas circunstancias sospechosamente favorables al poder. Sin embargo, la complejidad de las sociedades occidentales actuales, su relativismo, incluso su nihilismo han llevado a los partidos a emplear otros discursos del miedo.

Él.- Recuerdo ahora que todavía es un lugar común en muchos ancianos que en tiempos de Franco se vivía mejor porque no había tanta inseguridad.

Yo.- Y, por contra, la inseguridad en un régimen político es máxima cuando la gente honrada está en la cárcel por más que se pueda vivir con las puertas de las casas abiertas de par en par. Este es el eterno dualismo libertad-seguridad. Se nos plantea constantemente esta disyuntiva que nace en el fondo de un profundo recelo hacia la libertad y que no deja de ser manipulador porque suele prejuzgar que el valor positivo es la seguridad y que ésta siempre debe avanzar en detrimento de la libertad.

Él.- Entonces, ¿tú dirías que hay casos en los que pueden compaginarse libertad y seguridad sin que haya contradicción?

Yo.- Yo iría más lejos aún y diría que nuestra libertad exige una cierta seguridad. Sería aquella seguridad que aporta una serie de normas básicas de convivencia para asegurar que nadie pueda violentar la libertad de los demás y para que, de producirse esa violencia, pueda existir una respuesta predecible que la reprima. Sin embargo, esa seguridad no es tal en la medida en que nos deje a merced de un poder arbitrario y ése es el camino que hemos emprendido. Todas las medidas que se han adoptado desde el 11 de septiembre de 2001 han ido encaminadas a recortar las garantías que teníamos los ciudadanos frente al poder coercitivo del Estado y a remover subrepticiamente la sana separación de poderes. Conferirle al Estado el poder de reprimir sin control o con menos controles no es optar por una mayor seguridad sino por una inseguridad distinta. Supone que preferimos sufrir los abusos del Estado: las detenciones ilegales, las torturas con la esperanza de que así se reducirá la amenaza del terrorismo.

No obstante, todo esto no pone de relieve sino una cuestión mucho más profunda, a saber, el temor del ser humano a la incertidumbre, al riesgo y su deseo de control sobre el medio que le rodea. Cuando los primeros “homo sapiens” vivían en cuevas y tenían que padecer en mayor medida las inclemencias del tiempo, aprendieron a usar el fuego. Ahora contamos con multitud de adelantos tecnológicos que nos permiten gozar de una buena calidad de vida. Es lo que llamamos progreso tecnológico. Sin embargo, todo ello nos ha producido una mayor inseguridad. El deseo de control del entorno físico fue acompañado desde el primer momento del deseo de control de nuestro entorno social lo que ha implicado un progresivo desarrollo no sólo de las armas, de ahí el aumento de la inseguridad, sino también del control de la información.

Ahora no sólo debemos enfrentar los riesgos que provienen de nuestro propio entorno físico sino también de un entorno social cada vez más inestable. Y es en este punto en el que cabe recordar que no son tanto las armas sino la información las que confieren un poder mayor. Algunos, en ese ideal de un mundo sin incertidumbre, sueñan con el día en que toda la información esté centralizada en el Estado, ¿en quién si no?, y en que éste pueda protegernos de un modo absoluto del riesgo que nos depara la existencia. Será el día en que podremos predecir con total exactitud los fenómenos meteorológicos, los terremotos... y así evitar las catástrofes naturales, pero será también el día en el que todo estará digitalizado, el día en el que hasta el último rincón de nuestra casa estará siendo visto y oído, incluso diría olido, por los ordenadores del gobierno. Será el día en el que nuestra seguridad estará plenamente garantizada, pero habremos puesto tanto poder en manos del Estado que estaremos en el más absoluto de todos los peligros, en un peligro mucho mayor que el que proviene de la incertidumbre del mundo en que vivimos porque estaremos protegidos incluso de nuestros propios actos: iremos a tomar un café y no nos dejarán si somos hipertensos; querremos tomarnos un costillar de cerdo a la parrilla y no podremos porque la barbacoa eléctrica conocerá nuestro colesterol o, peor aún, habremos olvidado que todos esos placeres de la vida existen porque nunca los habremos experimentado gracias al Estado que tanto nos quiere y tanto nos protege. Porque el ideal de la seguridad es el ideal del supremo paternalismo, el ideal de la interdicción del error humano por nuestro propio bien. Para entonces, habremos matado la espontaneidad, la responsabilidad y, con ellas, la libertad. Finalmente, habrá muerto también el ser humano porque detrás de ese ideal se esconde un profundo recelo anti-humano... El recelo de aquellos que buscan una sociedad humana perfecta que no es sino la más radical negación del ser humano mismo que es por sí vulnerable y contingente.

Él.- Me has convencido: voy a firmar la póliza.

2 comentarios:

Miguel dijo...

Me parece muy bien todo lo que has dicho. Pero tampoco debemos olvidarnos de que no solo existe el miedo a lo externo, sino también a lo interno. ¿O es que acaso no existen enfermedades que no podemos controlar como el cáncer o las demencias?

Pepe dijo...
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