jueves, 1 de abril de 2010

El cristianismo al descubierto

Paul Henry Thiry, Barón D'Holbach
Editorial Laetoli. Los ilustrados.
162 páginas.

Paul Henry Thiry hizo una contribución inestimable a la difusión de las ideas ilustradas con la edición, publicación y difusión de obras de diversos autores. Esto sin olvidar que su casa era punto de encuentro para muchos de los pensadores coetáneos no sólo franceses sino también visitantes extranjeros. Toda esta labor aparentemente taimada fue, sin duda, importantísima para la popularización de las ideas de la ilustración, para que acabara produciéndose el cambio radical de occidente.

“El cristianismo al descubierto” fue publicada con el nombre de un difunto escritor, Nicolas Antoine Boulanger, en 1761, esta obra breve y muy polémica refleja probablemente la postura más radical de un filósofo ilustrado en materia de religión. Tras su segunda edición (1767, Amsterdam), la obra alcanzó una gran repercusión. Sus ejemplares se pagaban a 10 escudos y eran introducidos ilegalmente en Francia. Por supuesto, también fue objeto de condena y quema por el Parlamento de París. Las controversias sobre la calidad de su estilo y sobre la autoría de la obra también fueron frecuentes.

Lo cierto es que el estilo es incisivo, duro y, lo mejor de todo, de una claridad alarmante para muchos. Posee la estética de la vehemencia y la fuerza de quien descubre algo antes oculto. La información que aporta el autor en las notas a pie de página es prolija, demuestra la gran formación del autor en la materia que trata y sirve de un apoyo útil a sus argumentaciones. Pero a estas alturas el lector se estará preguntando qué aporta de nuevo este autor que no hayan dicho Voltaire, Diderot, Rousseau... La verdad es que revela un punto de vista completamente nuevo para sus coetáneos, a saber, que la religión, especialmente la cristiana, es inmoral y que, como tal es nociva para la sociedad; que se trata de un instrumento de control del poder que promueve e instiga la rebelión contra los monarcas que no obedecen a las autoridades eclesiásticas, y, finalmente, que sirve de apoyo para otros monarcas que prefieren sostener su gobierno sobre la superstición de sus súbditos a buscar su progreso y su bienestar.

Con esto no sólo rompe con la idea de que no hay moralidad sin religión sino que afirma la inmoralidad de la religión misma, y sostiene la necesidad de combatir el fanatismo religioso desde la educación y la libertad de pensamiento.
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