martes, 14 de junio de 2011

De mayor quiero ser francés (es un decir)

Sueño con un país en el que las instituciones no muestren una confesionalidad religiosa, no uno que se diga aconfesional, pero parezca confesional, exhibiendo símbolos de una religión que excluye a muchos. Sueño con un día en el que en mi país haya un consenso sobre los valores cívicos republicanos, un consenso que no sea el del olvido, una norma no-escrita que no sea la del apaciguamiento de aquellos que hacen cruzadas contra el velo mientras exhiben biblias en tomas de posesión. Un país en el que las instituciones no sólo digan ser de todos y para todos sino que lo sean.

Ya lo dice el dicho, la mujer del César no sólo tiene que ser honrada sino parecerlo (habría estado bien que también lo dijeran del César). Pero ya se sabe, España, durante casi cuarenta años un erial de fosas comunes amedrentado por el terror totalitario en el que el académico Suárez se sentía tan cómodo, tuvo que abrazar la democracia con miedo, pidiéndole perdón a los militares y a la iglesia católica por ser "“roja"”, por querer la democracia...… Y ese miedo la hizo (si no la mantuvo) conservadora. El gobierno de Suárez no esperó para firmar unos acuerdos con la Santa Sede que subyugaban importantes aspectos de la enseñanza y el ejército a los católicos, tampoco esperaron para hacer una ley del divorcio descafeinada que a duras penas recibió el apoyo de la mitad de la UCD y, aunque lo dice la letra, el espíritu de la Constitución española, refrendada y blindada por el miedo a un golpe de Estado, consagra un nacionalcatolicismo moderado, en el que la religión católica tiene un trato preferente y sus símbolos religiosos se exhiben en todas las ceremonias oficiales de toma de posesión. Es la España del "“como Dios manda"”, la que hace los centros de las ciudades intransitables en Semana Santa y la que vota con más o menos gusto a un partido conservador que, lejos del UMP de Sarkozy, está tomado por el OPUS DEI, los Legionarios de Cristo y un amplio sector que, si no va a misa los domingos, ve con buenos ojos que el Vaticano informe la legislación española.

Respeto las creencias del señor Zoido, incluso aunque él y otros muchos católicos no sean respetuosos muchas veces con los demás. Es, sin embargo, su gesto desafiante de reivindicación de la biblia y del crucifijo en los actos de toma de posesión lo que no me gusta, esa reivindicación involucionista de convertir el lugar de todos en el de unos cuantos, esa exclusión que a buena parte de esta derecha no le entra en la cabeza. Siguen pensando que España es católica y que su cruz es la de todos. ¡No, señores! Los símbolos cristianos no representan a muchos españoles. Es más, les excluyen tanto como les excluiría a ustedes la exhibición de otros símbolos más allá de los partidismos políticos. Cuando algunos políticos de la derecha española comprendan esto y dejen de comportarse como si España fuera una finca del Vaticano, habrán comprendido lo que los políticos franceses entendieron a finales del siglo XVIII: que las creencias de unos no deben mezclarse con la “"res publica"” y que un cargo electo es, antes que creyente, ateo o medio-pensionista, representante de todos y gestor de lo público y eso, señores, no es el “que-hay-de-lo-mío”, es lo de todos, tanto de los que son católicos como de los que no. ¿Por qué en esta materia sigue existiendo en España un cultura política preilustrada?


Zoido señala la Biblia y la Constitución como 'guía de sus pasos como alcalde'
El Mundo. 11 de junio 2011.