sábado, 13 de marzo de 2010

Despedida a Miguel Delibes

Siempre he pensado que a menudo he conocido mucho mejor a los escritores que he leído que a mucha gente con la que he tratado incluso personalmente. Hasta ayer por la mañana no lo había sentido. La muerte de Miguel Delibes me ha afectado más de lo que pudiera haber pensado inicialmente. Lo cierto es que cuando me levanté por la mañana y escuché por la radio el final desenlace –ya advertido por lo que había leído en la prensa antes de acostarme– no pude evitar sentirme afligido por su muerte. Me importaba, aún me importa, y por eso quiero despedirle.

Recuerdo perfectamente como hace unos meses, a comienzos del último verano, comencé a leerme la primera novela que le dio la fama, aquella por la que le concedieron el Premio Nadal en 1947. Había mucho de él en esa novela, como suele pasar. Los escritores vierten mucho de lo que son en sus obras, mucho más de lo que sus allegados podrían percibir a simple vista. De modo que puede decirse que, por la magia de la literatura, tuve trato con él durante los días en que trascurrió la lectura de La sombra del ciprés es alargada. Es muy posible que suene a tópico, pero ya nunca he contemplado los cipreses de otra manera. Ahora tienen para mí toda una simbología especial y eso me lo ha dado Delibes. Su novela, más allá de una trama, de un argumento, era una actitud vital, un ser. Y yo pude percibir ese recio carácter castellano, forjado por el duro clima y la áspera austeridad. Su más profunda desafección no era más que una afección exacerbada, paradojas de esta vida. Así lo sentí cuando terminé de leerla. Raras veces te sientes tan unido, tan afecto, a una novela. En buena medida, su primera novela tenía mucho de lo español que llevamos dentro.

Gracias, Miguel Delibes, por esos ratos de lectura tan hondos. Descansa en paz.